Con Bardem el filme va increscendo; pero con los Coen llega un momento en el que la estructura se rompe en dos.

★★☆☆☆ Mediocre

No es país para viejos

Que por una entrada de cine puedas ver dos películas no tiene que ser siempre necesariamente bueno. Con No Country for Old Men no lo ha sido. La sensación de haber visto dos filmes –uno bueno; el otro no- compite con esa otra de haber presenciado un intento loable, pero fallido, de originalidad.

Y es que la última cinta de los Coen comienza de forma brillante. Arranca como deben arrancar las obras importantes: con imágenes de ese país no apto para las personas –no sólo para las mayores-. Un descubrimiento da pie para que se desarrolle una acción más que correcta. La trama recuerda aquella excelente historia de Sam Raimi: Un Plan Sencillo (A Simple Plan, 1998); allí unos cuervos, tan negros como la cinta, contrastaban sobre la blanca nieve para no presagiar nada bueno. Aquí, la presentación del personaje principal (Bardem); el propio paisaje; la banda sonora, repleta de silencios, sólo rotos por el sonido del viento; o una amenazante nube, un cúmulo nimbo que nos avisa de lo que se avecina; todo ello nos sujeta firmemente a la butaca y nos dice que algo va a suceder; y no va a ser un cuento de hadas. 

Y el largometraje se precipita hacia un thriller que roza por momentos el género de terror. La pregunta de si hubiera sido mejor rodarlo en blanco y negro la resuelve el propio Javier Bardem –sin duda lo mejor de la cinta-. El actor español da vida a la propia muerte. Él sí se presenta a lo largo del metraje en blanco y negro: traje oscuro, tez pálida. Y por donde pasa van desapareciendo los colores. Su estela de magnífica podredumbre esperemos le lleve hasta las preciadas estatuillas.

Con Bardem el filme va increscendo; pero con los Coen llega un momento en el que la estructura se rompe en dos. De repente la narración se llena de absurdas elipsis, que lejos de eliminar acciones superfluas, nos esconden secuencias necesarias para continuar con una excelente trama. Aparecen personajes innecesarios (Woody Harrelson) que no aportan nada a la historia; puede que sí al reparto –malditos compromisos comerciales-. Se suceden historias paralelas; viejos recursos del azar; sheriffs desmitificados que cuentan a su vez leyendas country, subrayando una y otra vez el por qué del título. Y todo da la impresión de que se hace al servicio de una valiente apuesta por lo original. Pero eso conlleva sus riesgos: el peligro de caminar por la delgada línea que va entre la genialidad y la torpeza.

publicado por Ethan el 9 febrero, 2008

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