La nueva película de David Slade (que interesó en su debut con Hard Candy) se convierte en un “sálvese quien pueda” de terror jugando las bazas del género sin llegar a dominarlas.

★★☆☆☆ Mediocre

30 días de oscuridad

El terror como género ha sido siempre una válvula de escape (a la par que medidor social) de las preocupaciones de los pueblos a lo largo de la historia. El gran imaginario del género permitía ya en los inicios del cine hablar de temas sociales a través de unas historias que si bien parecían de otros mundos trataban entre líneas los miedos de la sociedad coetánea a las películas. 30 días de oscuridad recoge también esos miedos que la sociedad occidental tiene en su regazo para hacer de ellos una película que, si bien está basada en un cómic, mezcla el género de terror con algo tan cinematográfico como el western.

La historia se sitúa en un pueblo de la tundra de Alaska en el que una vez al año tienen que sufrir un mes entero sin luz solar. Los paisajes helados son el lugar adecuado no sólo para un grupo de vampiros de atacar sin cese durante un mes sino para mostrar la soledad en la que los personajes se encuentran. El sheriff (Josh Hartnett, que se afianza como uno de los actores menos expresivos de su generación) hará las de líder de los supervivientes en un homenaje iniciático a la figura de los justicieros con los valores del western. Aquí 30 días de oscuridad juega su única baza cinéfila, sobreponiendo esa figura de la autoridad ante paisajes magnánimos de la gran América en una revisión contemporánea de las estepas del oeste en las que las lecturas proteccionistas de un estilo de vida americano se ve amenazado por la aparición de unos seres incivilizados que, si en el western eran los indios, en 30 días de oscuridad serán los vampiros no vernáculos.

Tras ese ¿homenaje? al género por excelencia del cine americano, la nueva película de David Slade (que interesó en su debut con Hard Candy) se convierte en un “sálvese quien pueda” de terror jugando las bazas del género sin llegar a dominarlas. El ritmo de la película no se mantiene durante las casi dos horas que dura la película y Slade falla en el intento de crear suspense con decisiones dubitativas en relación, especialmente, con mostrar (o no) las carnicerías vampíricas. Si a esto le sumamos la falta de carisma de un reparto flojísimo, la poca profundidad de (y por ende la falta de empatía que provocan) los personajes y un montaje abrupto que parece haber sido forzado a cortar escenas, la sensación que deja en el espectador esta nueva muestra de terror de vampiros es de decepción a prácticamente todos los niveles. Y es que estéticamente el digital no hace ningún favor a la película, haciendo obvios algunos cromas en las escenas del pueblo y creando una sensación de caos en las escenas en las que, ante peleas físicas, Slade decide acortar el plano y mover la cámara a espasmos, algo que le funcionó en Hard Candy como reflejo de la mezcla de sentimientos de sus personajes pero que en 30 días de oscuridad obedece a una forma de hacer videoclipera y gratuita.

Sin embargo, 30 días de oscuridad esconde entre líneas lo más interesante (aunque sea a nivel sociológico más que cinematográfico) de su propuesta. Si bien en un momento dado el espíritu de Blade Runner parece aparecer en un intento expiatorio de los vampiros, la película opta por no ceder ningún tipo de piedad sobre unos seres que llegan a un lugar al que no pertenecen, hablando una lengua inentendible (¿a nadie más le recuerda a los orcos y nazguls de El Señor de los Anillos?) que además lo único que buscan es sacarle la sangre a los lugareños. Toda una apología en contra de la inmigración en un momento en el que el miedo al terrorismo está en el subconsciente del mundo occidental. Es ahí donde el discurso se torna simplista y cansino al centrar el punto de vista en los humanos sin dar la vez a unos vampiros que, más interesantes que los humanos, no obtienen ningún tipo de acercamiento por parte de la película. De esta forma 30 días de oscuridad se queda obsoleta en un panorama del cine actual que se preocupa por el análisis a dos bandas de los conflictos (Redacted de Brian de Palma o Bandera de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima de Clint Eastwood) repartiendo culpas a los dos extremos. Al fin y al cabo, ¿quién con un mínimo de conciencia osaría tirar la primera piedra?
publicado por Monica Jordán el 9 febrero, 2008

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