La vida sigue siendo bella.

★★★☆☆ Buena

El tigre y la nieve

En la “Cumbre de Colosos” celebrada en Los Angeles, con carácter previo a la Ceremonia de entrega de los Oscar de la pasada edición, y compuesta por los cinco magníficos que optaban al premio de mejor director; uno de ellos, el canadiense Paul Haggis, con la aparente aprobación de los demás Grandes del año, (Ang Lee, Miller, Clooney y el maestro Spielberg), se quejaba abiertamente de que “lo peor que se le puede hacer a un cineasta es salir del cine diciendo de uno de sus trabajos que es una película bonita, porque –añadía el productor de Crash- lo que realmente queremos es que nuestras historias salten a la calle y creen disensión”. Pero, ¿qué pasa cuando un director sí quiere que su película sea calificada de bonita –tan pura y feroz como bonita- y cuando nunca estuvo en su ánimo generar ningún tipo de disensión?. Supongo que, en ambos casos, si se consigue el efecto contrario de lo que se pretendía, se estaría hablando de un objetivo fracasado, “de lo peor que se le puede hacer a un cineasta”, que no es otra cosa que no haberle entendido.  

Roberto Benigni se situaría en el segundo de los supuestos, en el creador que idea un proyecto con el más sano de los propósitos y del que, posteriormente, se comentarán auténticas barbaridades. Tengamos en cuenta que El Tigre y la Nieve se concibió como un homenaje a la poesía, y que buena prueba de ello es que su personaje principal, Attilio, debe su nombre al poeta Attilio Bertolucci, padre del famoso cineasta Bernardo Bertolucci, director de El Último Emperador. Por otra parte, esta película se planificó (por cierto, a la perfección) para ser un cuento cargado de buenas intenciones, principios admirables y de claro mensaje esperanzador, “movido únicamente por el sentido del amor”, según las propias declaraciones de su máximo responsable. Pero tantos y tan nobles sentimientos, se han traducido en una película polémica, injustamente tratada por la crítica, e inexplicablemente acusada de comercializar con los horrores de la guerra.

 

Para empezar, ni siquiera se ha podido distribuir en los Estados Unidos, al haber sido oficialmente tachada de “antiamericana” . Tampoco es que este dado sea especialmente relevante, dado que, a estas alturas de la película del Mundo, poco sorprenden ya los comunicados que proceden del país yanqui, paraíso de la más absoluta hipocresía y adalid de una incuestionable libertad de expresión que, sin embargo, se molesta cuando alguien cataloga un matamoscas como arma de destrucción masiva, y pone el grito en el séptimo cielo si se sugiere que un europeo, de visita en Irak, tenga que gritar durante días I am Italian!, para salir de un campo de concentración en el que ha caído por un “lamentable error”. Si estos ejemplos son suficientes para ser calificado de “antiamericano”, miedo da pensar lo que le pasaría a un cineasta que se atreviera a relatar y documentar los verdaderos métodos operativos que utilizan los incalificables miembros del ejército norteamericano. ¿Qué harían con él, inventar otra excusa razonable para bombardear su país?. Difícil resulta explicar al honorable pueblo americano que siempre no se puede ser el bueno de la película: que unas veces son ellos los que llegan con los tanques victoriosos a salvar a la Humanidad y que, en otras ocasiones, son ellos también los que detienen a todo lo que respira, sin  contemplaciones, y ante la indignación de todo ser pensante nacido bajo el sol.

Para continuar, – y este tema ya entra en el apartado de la Ciencia Ficción- algunos críticos españoles se han empeñado en ver gigantes donde sólo hay molinos de viento, y no les tiembla el pulso al escribir que en el último trabajo de Benigni se hace una “utilización pestilente y rastrera de una guerra todavía presente”. Tampoco a mí me tiembla nada al dudar mucho de que el crítico que firma este artículo haya visto la película de la que habla, sencillamente, porque los adjetivos con los que la denomina son incompatibles con la obra del cineasta italiano, y eso lo sabe cualquier espectador. La historia que, muy a su pesar, tanta discordia ha despertado, se inicia al más puro estilo de Woody Allen, en medio de una extraña ceremonia religiosa en la que el protagonista pretende casarse con la mujer a la que ama, y donde los invitados no arrojan granitos de arroz a los contrayentes. Una escena surrealista,  a las que el director neoyorquino es tan aficionado, y que alcanzaría su máxima expresión con una pequeña joya llamada Poderosa Afrodita. Por fortuna para el público español, el humor latino es más directo, menos retorcido, más cercano y soportable que el inglés, y, en esta ocasión, este truco cinematográfico no se empleará como hilo conductor de la historia, sino sólo para manifestar el amor desmedido que Attilio siente por alguien que no sólo no le corresponde, sino que manifiesta verdadera animadversión hacia su persona; su sola presencia es insufrible para ella.

Al igual que siempre ha sucedido con Allen, el humor de Benigni o gusta o disgusta, sin que haya posibilidad de establecer un término medio, por lo que el espectador no afín a este tipo de cine deberá abstenerse de ver la película, plagada de principio a fin por las genialidades del realizador de La Toscana; no en vano, además de director, también es guionista y actor principal de la misma. En esta comedia dramática, se apuesta por el poder de la palabra, y se insiste en la convicción que se tiene de que la utilización de los vocablos adecuados pueden obrar milagros en todo tipo de interlocutor. De esta manera, el narrador, más preocupado en elegir y mezclar correctamente las frases que en prestar atención a los asuntos cotidianos más elementales, se olvidará constantemente de dónde está aparcado su vehículo, y será capaz de salir de cualquier lugar portando la chaqueta de cualquiera; aspectos típicos del cine de Benigni, que ya conocemos por sus historias anteriores. Su partenaire en esta ocasión, Nicoletta Braschi, es una escritora que le detesta y que, elaborando la biografía de un famoso poeta iraquí, Jean Reno, viajará a este país cuando estalla la guerra. Una guerra sobre la que se pasa de puntillas, centrando la carga dramática y humorística en los personajes. Es innegable la evidente semejanza, casi un paralelismo, que El Tigre y la Nieve mantiene con la oscarizada La Vida es Bella de 1.997, en la que un personaje de corazón puro y optimista se crece ante la adversidad para proteger a sus seres queridos, “contándoles la verdad con mentiras creíbles”, que harán que situaciones verdaderamente insostenibles sean más llevaderas y menos dolorosas para los demás. Para ello, el protagonista no dudará en convertirse en improvisado intérprete de los alemanes o en médico de la Cruz Roja italiana para conseguir sus objetivos; afirmar que ha llegado hasta Bagdad en autobús o inventar un concurso espléndido en el que nos perfilamos como ganadores. Todo vale con la finalidad de preservar de la catástrofe a los más inocentes. De igual manera, en ambas películas, se hace real el maravilloso mundo de las casualidades, propiciadas por la fuerza de voluntad y la bondad del protagonista, que hacen que María eche la llave desde una ventana cuando se le solicita, o que un hada buena, de manera involuntaria, prepare una cena romántica en la que no falta el champagne. También en las dos se conservará, por encima de todo, la esperanza. El ambiente desolado que azota las calles de Bagdad, (que, en realidad, ha sido rodado en Túnez, con una escalofriante escasez de producción), por medio de la magia del montaje, da paso a la majestuosidad de la eterna Fontana de Trevi, como la luz que se adivina al final del túnel.

La imposibilidad de obtener un billete de avión para una zona en conflicto bélico, concluye en una caravana por el desierto, de camino a un hospital al que urge llegar, y ante el asombro del responsable del aeropuerto. El director italiano se daba por satisfecho si su película conseguía entretener, o divertir, o conmover, o inquietar, y se da el caso de que no sólo es capaz de lograr todo eso, sino que también sabe sorprender; gesto que es de agradecer en los tiempos que corren en el Cine,. En cualquier caso, el mensaje de las historias narradas por Roberto Benigni, fruto de su peculiar forma de ver la vida, es, para quienes así lo quieren ver, claro y directo.

Cuando la persona a la que adoramos nos comunica, sin inmutarse, que sólo se enamorará de nosotros si la nieve cae sobre un tigre en Roma, cuando la única alternativa con la que contamos para solucionar una situación límite es rezar y esperar un milagro, cuando el desaliento se apodera incluso de los espíritus más templados; el ser humano todavía tiene la potestad de hacer que la vida siga siendo bella. Y eso nunca fue frivolizar, sólo sobrevivir.  

publicado por Bruji el 13 febrero, 2008

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