No es país para viejos

Meursault, el pusilánime protagonista de El extranjero (Albert Camus), después de haber asesinado a un árabe en una playa, es interrogado sobre los motivos que le llevaron a perpetrar tan abominable acto. Él, casi sorprendido, responde con naturalidad que fue a causa del sofocante calor, sólo eso, el calor. No fue por racismo, no fue por ajuste de cuentas, ni siquiera para evitar ser robado o defenderse de una posible agresión. No, no hubo motivación que una lógica cabal pueda categorizar. Sólo el calor, el agobiante calor sobre un cuerpo cansado. Nada más.

Pero el lector, al igual que los jueces que interrogaron a
Meursault, no se resiste a pensar que sea esta absurda e infantil respuesta la causa del asesinato. Porque los seres humanos nos esforzamos por entender el mundo circundante bajo las categorías de una causalidad susceptible de ser expresada en términos lógicos o por lo menos razonables. No estamos hechos para admitir que nada tiene razón de ser, que todo en nuestra existencia sucede a espaldas del sentido común, que bajo la capa justificadora de la interpretación sólo hay oscuridad, un absurdo que nos resistimos a admitir.

Algo así debió pensar el sheriff Ed Tom Bell (Lee Jones), ya a punto de jubilarse, al contemplar la crueldad y el sinsentido que dejaba a cada paso el existencialista psicópata Anton Chigurh (Bardem). Chigurh, de hecho, no es tanto un ser real, un personaje de carne y hueso, sujeto a motivaciones, emociones, dudas, sino más bien un arquetipo, una aciaga alegoría del absurdo, del azar que gobierna (o desgobierna, qué más da) nuestros actos conscientes. No es de extrañar que sea él quien encuentre siempre a los que busca y no al revés, que él mismo se resista a ser atrapado por la ley y el orden que todos buscamos impere en cualquier sociedad civilizada.



Siempre -que mi memoria alcance- ha sido una constante (aunq
ue teñida de juego jocoso o gregería audiovisual) en la filmografía de los Coen (monta tanto, tanto monta, si es que en realidad son dos y no uno) dos elementos radiales en sus narraciones: por un lado, la ya apuntada presencia disoluta del azar como viento que agita a sus personajes, y de contrapunto la desaforada pantomima de quienes representan, no sin despertar hilaridad, la lógica y la justicia en este mundo (abogados, políticos, policías,…) Por otro lado, la determinante contingencia del ambiente como desencadenante de inesperados giros en la acción. No es la voluntad la que guía y justifica las acciones de los personajes, sino el peso de la tierra, el clima, el paisaje inefable que aún seguirá ahí cuando la trama y sus seres hayan sido olvidados. Como ese sol que abrasa el cuello de Meursault, siempre extranjero de sí, perplejo ante la insondable ecuación con la que escribimos nuestras vidas. No es extraño que la película comience (como en Fargo) con unos planos del desierto, antes de que el autárquico soldador Moss (Josh Brolin) siga una pista intrigante.

La aparente dulzura de una anciana sureña en Ladykillers, la inminente inundación de los sueños de Odiseo, su tropa de insensatos y una campaña electoral en O Brother!, el hitchcockiano desdoble de identidad de El Nota en El gran Lebowski, el factor humano en el plan del timorato vendedor de coches en Fargo, la vida vecinal en un hotel como desvío narrativo de los sueños hollywoodienses del joven escritor Barton en Barton Fink, o ese sombrero sobre una cama que presagia el fatuo destino del fiel cordero de un gangster en Muerte entre las flores. Incluso en Sangre fácil (rodada también en Texas) los Coen tejen de azarosos atajos la venganza de un marido engañado.


Fíjense en el personaje del elegante exterminador Carson Wells (Harrelson), su seguridad suicida, su lógica contable, su fría analítica de cada instante (falta una maceta en el hotel, confiesa en una escena). De nada le sirve frente a lo que vendrá, porque nada sucede teniendo en cuenta al ser humano. Estamos condenados a creernos libres, a ilusionarnos con el mito del control de nuestras vidas. Pero, como descubre el personaje de Carla (Kelly Macdonald), de nada sirve elegir cara o cruz, de nada sirve elegir. Todo está decidido más allá de nosotros. Ya nada es como cuando el ser humano creía poder engañar a la muerte, ya no es tiempo para héroes, ya no es tiempo para viejos.

Quizá por esto sea ésta la película más oscura (negra, dicen del género), más pesimista, más cargada de escéptica melancolía, de entre todas de los hermanos. Y por ello la menos americana, la más introspectiva y apesadumbrada. La más posmoderna, pero desde la nostalgia de unos tiempos en los que el mundo y sus protagonistas se rejían, como en el viejo noir, por lógicas personales, principios tañables o cuestionables, pero principios. El siglo XXI sólo deja, como en la generación perdida de posguerra, perplejidad, silencio y la licencia nihilista del todo vale porque nada tiene valor.

Me quedo con la escena final (para muchos, lo peor de esta soberbia película), la revelación del sheriff (sacada con esfuerzo por su mujer) de un sueño que, abierto a interpretaciones diversas, nos recoloca en la textura melancólica (fatalista para otros) que ha presidido toda la película. El sheriff Tom Bell sueña un reencuentro con su padre muerto, a esos tiempos en los que un viejo policía no necesitaba llevar un arma para defender la justicia o simplemente pasear por la calle. Ahora todo es diferente, y quizá sólo el horizonte de la muerte sea la única certeza. Quizá.


No es país para viejos es una gran película. Con ella los Coen fusionan todos los ingredientes de su filmografía, pero presindiendo de la acidez de sus anteriores trabajos. Aquí nos dejan solos, sin red que nos haga entender lo que está sucediendo, nos obligan a pensar, a reaccionar quizá ante la barbarie que a cada minuto anuncian los noticieros televisivos.

Y es también una gran película por el uso inteligente de las elipsis, a veces (como en la escena de la piscina) amenazadas por el riesgo de despistar (quizá con premeditación) al espectador. Los Coen muestran lo mínimo, desean que seamos nosotros quienes perfilemos el guión a nuestro criterio, que nos situemos emocionalmente ante la fatalidad y el desencanto, que completemos los huecos, que imaginemos.

Por cierto, el título remite a un más que oportuno fragmento de un poema de Yeats, Sailing to Byzantium, que reza así:

"Aquel no es un país para hombres viejos. Los jóvenes tomados del brazo, las aves en los árboles -las generaciones que mueren- cantando, las cascadas de salmón, los mares repletos de atún, peces, animales, aves, encomian todo el verano todo aquello que se produce, nace, y muere. Atrapado en esa música sensual todo ignora monumentos de intelecto que no envejece."

Lo mejor: Todo, todo es perdonable. Fotografía, guión, actores (si hay que pringarse me decanto por Brolin).
Lo peor: Que los riesgos en el guión despisten a los que sólo esperaban un thriller sobre las sugerentes lecturas de esta buena película.
publicado por Ramón Besonías el 14 febrero, 2008

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