Esta es la balada del cowboy tarado, pero es también una magistral demostración de que los géneros no son compartimentos estancos…

★★★★☆ Muy Buena

No es país para viejos

No es país para viejos es el mejor western del siglo XXI: uno crepuscular, muy tímidamente épico a pesar de explorar de forma clásica la vieja poética del Oeste americano y adjetivar el paisaje y darle rango de personaje con fuste que modela la trama. Este paisaje de carreteras infinitas, viento inclemente y polvo que se respira en cada fotograma crea una atmósfera asfixiante, cercana a la fatiga visual.

No es país para viejos es el mejor thriller del siglo XXI: uno alojada en el frágil territorio de la belleza. Hacía mucho tiempo que no había tanto mimo en las imágenes de un thriller. No hay que excederse en la consideración comercial del asesino en serie (un excepcional Javier Bardem, un antológico hijo de puta con una pistola de aire, un actor en estado de gracia, aunque reconozco que he estado más que harto de la invasión Bardem a la que la publicidad se ha entregado jubilosamente) porque a los hermanos Coen les importa escasamente los atributos perversos del tarado Anton Chigurh. Están empecinados en que el viejo sheriff que interpreta un lacónico y hasta adormilado Tommy Lee Jones sea el que soporte la densa imbricación de todas las partes activadas en la magistral historia. Es este viejo sheriff, este cansado funcionario de la ley y el orden, el que racionaliza la insensatez de la ambición humana y el que nos cuenta, en una muy peculiar manera, los mecanismos li¡terarios de la felicidad. Su inagotable verborrea acude siempre a las mismas anécdotas: gente extinguida o gente a punto de extinguirse, héroes anónimos que persiguen un sueño y que acaban siendo coceados por una vaca díscola cuando trataban de ordeñarla.
A los Coen les sobra el diálogo: podían haber facturado un film mudo. Tampoco precisan la música, que es levísima y apenas incide en el desarrollo de los acontecimientos. Les basta un portentoso sentido de la elocuencia de las imágenes que hacía tiempo que no sentía. Plásticamente, la película es una obra de arte. El fatalismo que impregna toda la cinta está confiado a esta sobresaliente forma de entender los encuadres, la fotografía, las riquísimas texturas del cielo de Texas y el musculoso nervio de la tierra, que cobra sus aranceles y termina exigiendo tributos muy altos.
No es país para viejos es un espectáculo desolador, no fácilmente digerible por todos los públicos. Vi en la sala gente que bostezaba o hablaba escandalosamente de sus historias domésticas mientras en la pantalla el mundo abría y cerraba la ceremonia preciosa de la vida y de la muerte. El difìcil punto de complicidad que exige el universo de los Coen y esta áspera y sobria historia de desorden y de locura, de devastación moral y de sólidos principios morales inexpugnables.
Y el azar es el que al final marca el destino de todos los personajes. El sheriff Bell se pregunta si llegar a viejo significa ver a Dios y notar su presencia. Y se responde que no: que la vejez le ha alcanzado y no ha encontrado ninguna divinidad que le clarifique los errores y le conduzca, ufano de sus años en la tierra, a tal vez un mundo mejor. Ese mundo no existe. Los Coen han firmado una película desesperanzadora, inevitablemente hermosa (porque el mal y el bien, al colisionar, coreografían un fascinante paisaje de luces que se pierden y que se abrazan, que se enfrentan y que se aman) y también una película marginal, ajena al funcionarial engranaje de las cosas típicamente hollywoodienses.
Para ser una película que habla sobre el infierno hay muchísima luz. Me recordó en muchos aspectos a Sed de mal. Ambas comparten una misma perversión visual, un exagerado acento noir mestizo. Difieren en el grado de explicación de la realidad que proponen: No es país para viejos desoye toda posible cálculo racional. Su espléndido (repito, espléndido) final es tal vez lo mejor del film, aunque ahí, cuando sucede y aparecen en negro los títulos de crédito, te quedes pegado a la butaca, masticando la violencia que te han inoculado sin que, en ningún momento, hayas percibido que se trata de un film violento. Ésa es la magia de esta cinta: su relativa facilidad para hacer un quiebro moral y venderte una historia de perdedores y de filósofos cuando tú creías que ibas a comprar un thriller de tiros y de psicópatas construídos a imagen y semejanza de cualquier serial killer de serie B.
Lo mejor: Bardem, a pesar del hartazgo que tenemos por la propaganda...
Lo peor: Cierto descuido en las muchas historias paralelas que no acaban de ser cerradas...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 16 febrero, 2008

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