Film de impecable construcción formal y no desprovisto de valores dramáticos y simbólicos, pero excesivo y tópico en su discurso, desequilibrado en relación al peso narrativo y al interés que puedan tener sus distintas partes.

★★★☆☆ Buena

No es país para viejos

Primeros compases de la narración, el paisaje árido de Texas en un fresco de imágenes sustantivado por la voz en off, modélico ejemplo de puro cine, imagen y palabra, y así Ethan y Joel Coen construyen la alegoría del desierto, desiertos de road movie y de western crepuscular, con sus fantasmas, sus inconsistencias, el nihilismo, la desolación y el cinismo de los entes que deambulan y se integran en el escenario con mirada sobria, deslumbrante clasicismo y fotografía de sombras, de luz tórrida, de arenisca, de crepúsculos, calles de nocturnidad, ocres y claroscuros. Un filme paradigmático y de uso obligado cuando lo que se quiere es dar lecciones de ritmo (de la importancia del ritmo lento…y de explicar por qué ritmo lento no implica que la película sea aburrida), montaje, encuadre y el uso de la elipsis como expresión doliente de la narración: la precipitada muerte de Llewelyn Moss (Josh Brolin) es el mejor ejemplo.

El corte y el giro abrupto, una constante en la recta final de la película, es la mejor violencia para un espectador que quiere ver y entender pero al que los cineastas obligan a dejar su mirada quieta en los consecuentes filosóficos y estéticos. La composición, de hecho, es pensamiento cíclico ( otra vuelta de tuerca sobre la degeneración moral) y estética (gelidez-aspereza del conglomerado físico y humano, desierto y urbe, paisaje y alma) , la acción y la progresión son ilusorias, es una parábola genérica en la que cada elemento representa distintas manifestaciones de la putrefacción del mundo representado, ya sea la desesperanza y el miedo del sheriff Bell (Tommy Lee Jones), la codicia de Llewelyn, la crueldad autómata de Chigurh.

Historia sencilla sobre la ambición desarrapada que lleva al fracaso, y que encuentra una abstracción escalofriante en el psicopático personaje Anton Chigurh, el justiciero de la muerte, la personificación de la mala conciencia de todos aquellos que buscan el botín (o quieren subir al cielo, la gloria sin mérito, como canta la ranchera), un perfil ciertamente devastador y antológico. Historia, decíamos, sencilla y que además concluye de forma abrupta y desde aquí podemos meter la puntilla al debate , pues se ha calificado – en distintos medios y blogs de indiscutible rigor – de obra maestra a una película que no alcanza el estado de perfección. Veamos; la narración sigue dos líneas básicas, las tribulaciones de Llewelyn Moss para huir de su implacable perseguidor, por un lado, y por el otro, la investigación del sheriff Bell, estrato que cumple una función meramente discursiva (innecesaria, además) y que intenta precisar el significado simbólico-emocional de todo lo que está sucediendo.

Dicho significado no es más que la consabida proposición del no hay mañana, nada va a cambiar, o indica una cierta esperanza en medio de la desolación, siempre desde el humor negro y la amargura de un hombre decadente que contempla el fin de la civilización (ni que decir tiene que todo lo que vemos es parábola apocalíptica), pero en cualquier caso todas las palabras puestas en boca de este personaje no añaden nada a lo expresado en las Imágenes, de ahí la redundancia y el consecuente efecto anodino en un espectador que ha asumido la temática y el discurso en el estrato visual. La película, por tanto, se rompe en dos partes: el personaje de Llewelyn es efectivo en cuanto a que establece la conexión emocional con el espectador y con él la película se eleva a la categoría del trhiller y la acción dramática. Pero con la muerte abrupta de Llewelyn llegamos a un definitivo giro en el estilo para proseguir en el insulso discurso del sheriff Bell (e insistimos, no es insulso por lo que dice, sino por lo que redunda en su relación con el conjunto), quien culmina su camino con la descripción de un sueño en el que la luz (fuego) es el elemento que simboliza una leve esperanza. Aquí termina la película y muchos espectadores se sienten estafados, y valga decir que si se sienten estafados será – en parte – porque no han entendido la intención del narrador y el significado de todo el conjunto. Pero no es menos cierto que el peso de la narración y el interés se concentra en Llewelyn y su antológico perseguidor, que además los Coen se preocupan – como ya hemos indicado – de establecer la debida conexión emocional entre sendos personajes y el espectador (cierta empatía para con Llewelyn, miedo y repulsa para con Chigurh), con lo cual la película pierde interés y rompe el equilibrio cuando pasamos al discurso del Sheriff, el cual no está debidamente articulado con la categoría que define una parte importante del desarrollo. Sin duda todo lo concerniente a Anton Chigurth y su víctima esta representado de forma impecable, pero ese solo es un aspecto de un filme cuyas pretensiones se extienden más allá de ese atractivo indiscutible, y al parecer muchos críticos han valorado al todo por la parte.


Sintetizando, No country for old man es un filme de impecable construcción formal y no desprovisto de valores dramáticos y simbólicos, pero excesivo y tópico en su discurso, desequilibrado en relación al peso narrativo y al interés que puedan tener sus distintas partes. Mucho más ambicioso que otros films de los Coen, como los recientemente evaluados en estas páginas, Fargo y Miller’s Crossing, y precisamente por ello más imperfecto, la ambición no implica la ineludible perfección. Si elimináramos al sheriff Bell – o articulásemos su discurso hablado hacia otro significado complementario a la amargura implícita en las imágenes – tal vez tendríamos una obra perfecta. El debate sigue abierto…
publicado por José A. Peig el 17 febrero, 2008

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