Esta vez, el western sosegado, la violencia con pausa, el slasher reconvertido o lo que diablos sea esa mezcla que han conseguido los dos hermanos, me ha atrapado desde el primer minuto. Desde el primer minuto, sí, pero no hasta el último.

★★★★☆ Muy Buena

No es país para viejos

No soy un fan acérrimo de los hermanos Coen. Algunas de las películas más aclamadas de su filmografía, como “Fargo” o “Muerte entre las flores” no me dijeron nada en su momento y, por el contrario, algunas de las menores como “El gran salto” y “O Brother!” sí que consiguieron cautivarme. Por lo tanto, me suelo tomar sus nuevos estrenos, por mucho que vengan precedidos por las alabancias de la crítica, con una buena dosis de escepticismo.

Pero esta vez, el western sosegado, la violencia con pausa, el slasher reconvertido o lo que diablos sea esa mezcla que han conseguido los dos hermanos, me ha atrapado desde el primer minuto. Desde el primer minuto, sí, pero no hasta el último.

Joel y Ethan Coen construyen una historia de perdedores, de seres humanos que creen estar de vuelta de todo pero que se ven superados continuamente por las circunstancias. De tipos duros, que se enfrentan a las adversidades de frente para ser machacados por la espalda. De personajes sin escrúpulos con férreos códigos de honor y un buen número de personalidades complejas, llenas de baches y aristas.

Llewelyn Moss es un tipo rudo, de los que caminan durante horas por el desierto sin notar el calor y viven en una caravana junto a una chica a la que quieren sin demostrarlo demasiado. Sus problemas empiezan cuando encuentra una matanza en medio del desierto en lo que parece un intercambio frustrado de droga y una maleta llena de dinero, que se llevará sin pensarlo demasiado.

El problema es que no es el único que sabe de la existencia del dinero. Un despiadado y psicótico asesino llamado Anton Chigurh le seguirá la pista en una lenta y persistente persecución por donde quiera que vaya, sembrando el camino de muerte y destrucción.

Detrás de ambos, intentando poner orden en los acontecimientos, un veterano sheriff apura los últimos días antes de su jubilación aportando una mirada cínica y descreída a los acontecimientos.

La película discurre lenta y obstinadamente por la violenta persecución, mostrando a unos personajes en estado de gracia. Javier Bardem está perfecto en su papel de malo malísimo, aunque no sé hasta que punto merece dicho rol el oscar más que el de su compañero de reparto, Josh Brolin (que nostalgia cuando uno lo imagina con la cinta de deporte en la cabeza en las aventuras de “Los Goonies”), igualmente magistral en su creación de un personaje rudo y obstinado.

En medio de ambos, Tommy Lee Jones borda un personaje al que ya nos tiene acostumbrados y por ello no llega a sorprendernos. Uno imagina que cuando se mete en la piel de estos tipos sarcásticos y de vuelta de todo no está interpretando, sino mostrándose natural ante las cámaras.

La trama no presenta demasiados diálogos, pero los pocos que hay complementan la historia de un modo único. Las conversaciones consiguen llevar al espectador desde la angustia hacia la carcajada en décimas de segundo, con ese peculiar sentido del humor de los dos cineastas.

Tanto dichos diálogos, como los tres personajes, me mantienen totalmente absorto en la historia hasta llegar al desenlace de la misma, momento en el que el guión toma un brusco giro hacia unos derroteros que provocaron que me dispersase de forma brutal, esperando un nuevo giro que diese forma a un final que nunca llega.

Ni entendí el último tramo del guión, ni me atrapó, ni sé que es lo que intentaban los Coen, pero ni siquiera esta tara de la película mitigó la sensación de haber presenciado un film de una fuerza increíble.

No sé que pasará con la próxima, pero en su última obra, los Coen me han dejado más que satisfecho.

Lo mejor: Los actores y sus diálogos, inmejorables.
Lo peor: El final un tanto filosófico y disperso.
publicado por Heitor Pan el 3 marzo, 2008

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