Peca de exceso en todos sus aspectos, aunque tampoco creo que se trate del insulto aberrante que muchos han querido ver.

★★★☆☆ Buena

La Huella

Ayer noche pude ver, aprovechando su salida hace unos meses en formato doméstico, el remake que Kenneth Branagh realizara el año pasado de la película de Joseph L. Mankiewicz Sleuth (La huella).

Protagonizada única y exclusivamente por Jude Law y Michael Caine, quien en esta ocasión ejerce el rol del escritor Andrew Wyke en lugar del de Milo Tindle, la película cuenta la historia de un rico escritor entrado en edad que decide ajustar cuentas con un joven actor en paro que ha conquistado el corazón de su mujer, organizando un juego de peligrosas consecuencias.

Ciertamente, los trabajos tras las cámara de Kenneth Branagh no dejan a nadie indiferente: más allá de sus adaptaciones shakesperianas como Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces, Hamlet, Trabajos de amor perdidos y la todavía pendiente de estreno en nuestro país As you like it (Como gustéis), el actor y cineasta irlandés ha demostrado siempre cierta osadía a la hora de dirigir que, por norma general, ha terminado por pasarle factura, siendo acusado tanto de artificiosidad como de pretenciosidad en títulos como Morir todavía, Frankenstein de Mary Shelley o la más reciente La flauta mágica.

Personalmente, si tuviera que escoger una película en la filmografía de Branagh me quedaría, sin dudarlo un segundo, con la más humilde de todas ellas, Los amigos de Peter, película deliciosa en todos sus aspectos y en la que se encuentra rodeado de sus compañeros de fatiga Stephen Fry, Hugh Laurie y Emma Thompson.

Y es que Sleuth (La huella), a pesar de no ser una mal remake, peca de cierto exceso en todos sus aspectos: ya sus primeros diez minutos dejan bastante patente la artificiosidad de la propuesta, concebida y mostrada como una obra de teatro de presupuesto desorbitado, con unas acertadas aunque finalmente cansinas tomas a base de cámaras de seguridad que contrastan con el lujoso minimalismo de la escenografía.

Así pues, Kenneth Branagh parece querer dejar claro al espectador que dispone de sobrados recursos, los exhibe y luego reniega de ellos, como si pretendiera hacer entender al espectador que lo verdaderamente importante de su propuesta radica en el duelo interpretativo, cosa, por otro lado, que cualquiera que haya visto la película original sabe sobradamente.

A partir de entonces, la película se convierte en un agresivo tête à tête siempre en crescendo en el que ambos actores pretenden superarse y rizar el rizo en cada una de las escenas, con constantes primeros planos y movimientos algo aparatosos y desmesurados en más de una ocasión, y más cercanos, como decíamos algo más arriba, a la obra teatral que a una película al uso. Nadie duda que ésta haya sido la intención del irlandés desde un buen comienzo, pero lamentablemente la fórmula no funciona, convirtiéndose en un artificio de lujo, en un espectáculo que desmerece la labor de unos protagonistas que, desgraciadamente, sobrepasan el exceso.

De este modo, un servidor se queda sin dudarlo con la película original de Mankiewicz, en la que la historia fluía con mucha más candidez, donde sus constantes giros argumentales resultaban bastante más factibles, y donde un Michael Caine disfrazado de payaso tratando de colarse en una mansión victoriana tenía más lógica y credibilidad que una imposible escalera retráctil emplazada junto a un tragaluz.

Así y todo, tampoco creo que se trate del insulto aberrante que muchos han querido ver.
publicado por Oscar Martínez el 31 marzo, 2008

Enviar comentario

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.