Entrar en el universo Gondry es perdonarle todos los defectos formales y de guión a unas películas que llaman a la sensibilidad.

★★★☆☆ Buena

Rebobine, por favor

Muchos dirán que Gondry está empeñado en demostrar que tras el éxito de ¡Olvídate de mí! se escondía no sólo un guionista tan popular y reconocido como Charlie Kaufman (uno de los pocos guionistas que sirven como gancho para una película) sino un director con personalidad propia que puede cargar también con la parte de escritura de una película. Ya lo hizo con la personal y poco apreciada La ciencia del sueño en la que aprovechaba su vida y sueños para trazar una historia tierna y dulce a la par que naïve y ahora con Rebobine, por favor repite esquema creativo volviendo a firmar el guión y tirando de su biografía para crear una película algo menos íntima pero con gran carga de sentimentalismo (no barato). Y es que si bien ¡Olvídate de mí! continúa siendo la mejor película de Gondry, el director ha demostrado que tiene un estilo, tiene personalidad y tiene una forma de hacer cine que si bien coquetea con registros del cine comercial tiene una marca autoral muy clara.


El cine de Gondry mira a lo retro en su estética y rebusca en el lado infantil del espectador para describir un mundo en el que el romanticismo y la inocencia son las características básicas, creando un universo casi onírico que en ocasiones (especialmente en esta Rebobine, por favor) resulta inverosímil. Pero Gondry no se esconde tras la marca autoral para colocar incongruencias aleatorias en sus películas sino que consigue insertar en sus tramas “realistas” altas dosis de ese imaginario del que hace gala y que resulta el gran atractivo de un director que, en plena escena cinematográfica en la que los efectos especiales son el reclamo necesario para toda película, él se lanza sin paracaídas a la aventura del “háztelo tú mismo”. Eso es precisamente lo más interesante de Rebobine, por favor, una película con una trama demasiado al uso que acaba siendo sólo el esqueleto y excusa de las verdaderas joyas de la película: las cintas de vídeo que los protagonistas deberán regrabar para contentar al vecindario y mantener a flote el videoclub. Gondry, con Jack Black a la cabeza, convierte su película en una reivindicación de la imaginación por encima de la tecnificación lo que hace que a nadie le cueste, tras ver sus últimas películas, imaginarse al director francés como a un niño soñador que sigue con el tente mientras sus compañeros juegan a la Wii.


Entrar en el universo Gondry es perdonarle todos los defectos formales y de guión a unas películas que llaman a la sensibilidad de una manera casi imperceptible. Es creer en que sus personajes existen, por muy lunáticos que nos puedan parecer; es poner fe en que todo es posible si se trabaja con la imaginación; es creer en un mundo que hace tiempo dejó de existir y al que Rebobine, por favor reclama a través de las ya obsoletas cintas de VHS y de unos personajes que hacen de una mentira la razón de ser de su existencia. Rebobine, por favor es algo más que una película con humor y gags, de la misma manera que es algo más que una forma original de hacer “refritos” de películas que forman parte de la vida cinéfila de todos. Gondry nos propone a través de cada una de sus películas un esfuerzo de memoria para entendernos a través de lo que fuimos. De la misma manera que los personajes de ¡Olvídate de mí! eran incapaces de eliminar sus sentimientos borrando su memoria, los personajes de Rebobine, por favor encuentran el qué de sus vidas en recrear unas películas que forman parte de sus vidas y que les lleva a intentar salvar un edificio emblemático: de nuevo la memoria (histórica o personal). Todo esto hace que Rebobine, por favor se convierta en una comedia que juega a la superficialidad pero que emana emociones a través de cada uno de sus fotogramas sin caer en la sensiblería de fácil alcance.


Gondry es, en definitiva, un autor personal que sobrevive marcado por el peso de un pasado que se filtra en sus films como le ocurría a Fellini con su cine. La eterna mirada hacia la infancia en busca de esa pureza infantil que nos lleve a reconocernos como personas únicas y no como un conjunto de circunstancias venidas del exterior, y la lucha de la inocencia pura en contra de la corrupción de la sociedad, algo que si bien se lee muy entrelíneas en las películas de Gondry le une en su trato onírico al genio italiano.
publicado por Monica Jordán el 14 abril, 2008

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