Un relato pletórico en detalles, hermoso, doliente. Pero es también un relato distante, de contenida incandescencia, con pulsiones encendidas incapaces de abrasar. Una historia de altos vuelos, de belleza hipnótica y afligida, una delicia.

★★★★☆ Muy Buena

Deseo, Peligro

Debo admitir que el cine de Ang Lee me atrae y desconcierta a partes iguales. A la fuerza de sus historias se suma una extraña sensación de frialdad ante lo que narra con sobrado virtuosismo. Ya sea en la Inglaterra victoriana, en la sociedad yanqui de la liberación setentera, en plena China imperial o en el más profundo oeste americano, su forma de entender este oficio me despierta emociones tan templadas que a veces dudo de ellas. Son películas que tengo que revisar para captar el tortuoso esqueleto de sensaciones que visten sus imágenes poderosas. Las historias que cuenta reflejan impulsos reconocibles, ancestrales como el propio ser humano. Pero no siempre traspasan los límites de una estética impecable. No siempre logran apasionar.
De vuelta a sus orígenes, al universo que tan bien conoce, el taiwanés opta por el melodrama de época de clara vocación clasicista. Un nutrido fresco que recorre un tiempo convulso, el del Hong Kong sitiado por los japoneses en los años 40, que enmarca un romance vivido de forma abrupta y tormentosa. DESEO, PELIGRO nos cuenta con maestría, con belleza hipnótica y afligida una historia de altos vuelos, y la cuenta empañando las acciones con el delicado poder de las sensaciones. Quizá acabe siendo tan importante para nosotros la relación entre el señor Yee y Wong Chia Chi como cada gesto tímido que percibimos -perfumarse la muñeca-, toda esa realidad que no puede hablarse, que sólo se respira, casi puede rozarse, en un portentoso ejercicio de plasticidad.

Ang Lee nos entrega su pasión a fuego lento, con una melancólica cadencia, sofocada, de elegante musicalidad. Es la suya una obra orgánica, pretende -no siempre logra- que saboreemos cada segundo de estos impulsos vívidos, que absorbamos el misterio que alimenta el relato. Un relato pletórico en detalles, hermoso, doliente. Pero es también un relato distante, de contenida incandescencia, con pulsiones encendidas incapaces de abrasar. Nos adentramos así en los procelosos fangos de una adicción entre dos seres que se engañan mutuamente. El enigmático señor Yee y la idealista Wong Chia Chi -articulados con el talento y sensualidad de Tony Leung y Wei Tang- se refugiarán en la mentira, o en las verdades ocultas que las circunstancias obligan a asumir. El entorno y las respectivas responsabilidades definen su relación de manera tempestuosa, incendiada, brutal, con encuentros clandestinos donde aflora la enemistad más cruel y afilada, la que se disfraza de placer. Pocas veces se ha visto el sexo tan carnal, escenificado sin el recato que se le supone a su autor -constatado en su obra anterior, BROKEBACK MOUNTAIN, refinada pieza sentimental que esquivaba la visualización de la intimidad física de los vaqueros-. Son los planos más violentos, perturbadores y magnéticos, los instantes en los que se condensa la advertencia del título, envolviendo en sedosas telas de ansiedad los síntomas solapados de su destrucción mutua -deseo, peligro-.
La película bascula entre los códigos de un thriller de tintes políticos y el drama clásico, imbricando los elementos de ambos sin que el guión se decante por ninguno. Su largo, denso, colorista metraje despliega el arsenal dramático con saltos temporales y un ritmo irregular, aunque el conjunto termine equilibrando las luchas internas que nos guiarán por el suspense con las esporádicas escaramuzas de los amantes. Lee regala un fragante, asfixiado, espeso recorrido por estos senderos que se interconectan, por un paisaje enfermizo con seres humanos arrastrados a obedecer su voluntad, a materializar quimeras sociales -el tramo conspirador del argumento- y personales -los furtivos orgasmos de los amantes-. Es una obra que traza una aterciopelada simbiosis entre descripción histórica y erotismo, entre vigor reflexivo y sutileza psicológica, reflejando en ambos extremos los límites difusos que pueden saltarse para lograr aquéllo que nos consume.

La obra contiene uno de los finales que mayor desasosiego podría transmitir a la historia, un final derrotado, sin concesiones, con el abismo entre los amantes abriéndose cada vez más, con la garantía de que sus vidas quedan escindidas para siempre. Hasta entonces, DESEO, PELIGRO construye la atmósfera irreal, fascinante que embota nuestros sentidos e impide a veces que la identificación con estos personajes heridos sea plena. Aún así, sobran los recursos artísticos explotados por Ang Lee para revestir su esmerado tejido emocional y seducirnos, para que este paisaje vulnerable, ardoroso, visceral quede en el recuerdo.
Lo mejor: La abientación, la delicadeza sensorial de Lee, la narratividad, el color.
Lo peor: Cierta frialdad en el conjunto, le falta un hervor para abrasarnos.
publicado por Tomás Diaz el 14 mayo, 2008

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