Maestría absoluta e indiscutible al servicio de un viaje a los infiernos de la condición humana, pero sin el humor negro marca de la casa y con una depuración formal y narrativa que convierte su relato sórdido y brutal en un témpano de hielo.

★★★☆☆ Buena

No es país para viejos

Tuve durante la proyección de esta último título de los Coen una sensación incómoda. La misma que me asaltó viendo otra pequeña maravilla, BIG FISH, y parecida a la experimentada con las imágenes de LA MALA EDUCACIÓN, exquisita pieza de autor. En los dos últimos casos el tiempo puso las cosas en su lugar, logrando, tras un segundo asalto, que mi opinión sobre ellas reivindicara sus más que evidentes logros y anulara los iniciales reparos. Y pasé de observar sus propuestas desde fuera, sin implicación alguna, impermeable a sus muchos aciertos, a considerarlas fuente de placer para el espectador sorprendido y fascinado que siempre quiero ser.



Con NO ES PAÍS PARA VIEJOS sabía, desde el primer instante, que estaba asistiendo a una película excelente. La suma de elementos artísticamente ensamblados creando un todo perfecto como un engranaje se lograba con esta historia de corrupción y violencia. Todo en ella es brillante. Sin embargo, no logré, en ningún momento, dejarme arrastrar por el relato, no pude sentir la fascinación que el cine -el bueno, por supuesto…¿o es que hay otro?- suele producirme. No me enamoré de una historia potente, no me sedujeron sus personajes oscuros, no me involucré con su trama inquietante -aunque un tanto confusa-, con su ambientación seca y crepuscular, no pude dejar de percibir que toda esa brillantez quedaba lastrada por una frialdad excesiva -a lo que contribuye la ausencia total de banda sonora- y un final falto de clímax. Con su trama fronteriza y fantasmal, estéticamente emparentada con el western -al estilo de la obra maestra de John Sayles LONE STAR- la cinta destila un laconismo presumiblemente presente en la novela original de Cormac McCarthy. Al fin y al cabo, los avispados hermanos Coen han cumplido su misión: demostrar con esta adaptación un nivel de creatividad intachable, ratificando así su rincón entre los grandes.

Aún reconociendo su perfección formal, ese dominio técnico, la pericia al trasladar en imágenes una novela que se me antoja compleja por su densidad simbólica, una lograda ambientación y la soberbia dirección de actores, me faltó algo crucial, básico, esencial, para creerme que estaba viendo una cinta de los Coen: el humor negro, marca indeleble de la casa. Apenas lo encontré por los resquicios de esa Arizona brutal y desquiciada; no pude captar la sorna y la gamberrada que brillaba en SANGRE FÁCIL, o en BARTON FINK, o en FARGO, o en EL GRAN LEBOWSKI, o en EL GRAN SALTO, o en EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ. Los hermanos Coen ofrecen su maestría absoluta e indiscutible al servicio de un viaje a los infiernos de la condición humana. Algo que ya dominan. Lo mismo que han hecho antes. Muchas veces. Pero esta vez sin humor. Con genio, pero más serios. Secos, inquietantes, tenebrosos. Pero sin sarcasmo. Como la historia que narran. Han sabido verter todo su bagaje en la adaptación de un texto ajeno en el que sus habituales perlas de cinismo no aparecen. Es una película muy bien realizada, pero no engancha. Con ella, los Coen han dejado las travesuras, han abandonado su permanente juego de reinvención de géneros para abrazar la gloria: ya son adultos. En NO ES PAÍS PARA VIEJOS se filtran ciertos detalles autorreferenciales a su cine moderno, es evidente que saben aprovechar el material novelístico para amoldarlo a su plasticidad como creadores. Son muy listos, y el vigor de una Norteamérica más profunda que nunca es exprimido desde el guión y la dirección artística. Pero no me parece la obra redonda que pretende ser. Y la crítica está babeando con ellos. Más que nunca.

Pese a todo, supe siempre que me encontraba ante una joya pulida y refinada, ante una de las más perfectas criaturas de los directores -su cumbre, en mi opinión, sigue siendo FARGO- y ante lo más destacado de un año pobre en la calidad de los estrenos. Reconozco que esa desnudez formal es la más apropiada vestidura para el cuerpo narrativo. Este trayecto de sangre y agresividad, de polvo desértico y pólvora, de huídas y persecuciones, de diatribas existenciales en mitad de la nada, de venganzas sin redención nos golpea a bocajarro, se hace vibrante, peligroso, demoníaco, nos azota con su bestialidad…eso sí, depurada, perfectamente calculada y, al final, deshumanizada. Pude ver todos sus actos violentos como nunca antes en el cine de estos autores. Pero detrás de ellos no he visto pasión.

Tendré que darle una segunda oportunidad a esta última muestra de buen cine. Volveré a sentir el sudor de Josh Brolin huyendo en esa espiral de violencia y horror que se desata; supongo que volveré a percibir el signo de lo diabólico bajo el el rostro impasible de un Bardem ahogado en premios; con toda seguridad volveré a quedarme atónito ante el derroche de talento del maestro Tommy Lee Jones -su último plano con una lúcida reflexión vital en voz alta es lo mejor de la película-; espero encontrarme de nuevo con ese círculo de sordidez asfixiante, con ese trágico itinerario de asesinatos en mitad del desierto americano, con ese árido y perturbador aroma a muerte que te deja sin aliento. Supongo que volveré a encontrarme con buen cine. El de unos hermanos Coen esplendorosos. Ellos se lo merecen.

Lo mejor: Que confirma a los Coen en su universo tan profundamente americano.
Lo peor: Que no haya logrado producirme la fascinación que casi todos los críticos del mundo han sentido viéndola.
publicado por Tomás Diaz el 19 mayo, 2008

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