Sexo en Nueva York es un bodrio de tal categoría que puede causar dos reacciones entre el respetable: la ira más furibunda o la desesperación más absolutas, con tentativas suicidas en masa incluidas.

★☆☆☆☆ Pésima

Sexo en Nueva York

¿A qué clase de mente sádica y enfermiza se le ocurrió que era una buena idea llevar a la gran pantalla la serie Sexo en Nueva York? Ojo, la expresión llevar a la gran pantalla no significa ni muchísimo menos hacer una película, algo que comprobarán todos los que, infelices de sí, acudan al cine. Ante semejantes casos de extrema agresión cinéfila, los espectadores y la crítica deberíamos unirnos y fundar algún tipo de asociación para la defensa del público.

Para empezar, Sexo en Nueva York no puede ser considerada una obra cinematográfica, ni tampoco se le pueden aplicar sustantivos como película o film. Lo más apropiado sería una denominación, y cuya creación podría ser muy útil, como Producto Audiovisual No Identificado. Michael Patrick King afronta la historia como si de tres capítulos de la serie de televisión se tratara, ya que hasta los momentos más potentes se producen cada cuarenta minutos. El guión no tiene coherencia, y está repleto de chascarrillos malos, tópicos y situaciones tan absurdas, que si no fueran por lo insultantes que son, darían risa por lo penosas. Pero si los momentos teóricamente cómicos son tan absolutamente lamentables que provocan la vergüenza ajena, cuando la historia se pone seria y cae en el melodrama, directamente uno ya no sabe dónde meterse. En esos momentos no es de extrañar que, hastiados, los espectadores acaben convertidos en una turba enfurecida que asalte la cabina de proyección para poner fin cuanto antes a un tormento digno del más cruel y sanguinario inquisidor. Si el sufrimiento provocado por su pésima, ñoña y previsible historia (desde el minuto diez ya se sabe lo que va a pasar y cómo) no fuera suficiente, hay que sumar a sus cuatro actrices, que desfilan por la pantalla como si de los cuatro jinetes del apocalipsis se tratara, augurando con su sola presencia las más terribles sensaciones. Aunque la palma se la lleva la totalmente inaguantable Sarah Jessica Parker, que asusta con sólo mirarla, y sigue empeñada en ser lo más humanamente parecida a la novia del muñeco diabólico.

Sexo en Nueva York es un bodrio de tal categoría que puede causar dos reacciones entre el respetable: la ira más furibunda o la desesperación más absolutas, con tentativas suicidas en masa incluidas. Y es que cualquier cosa es mejor que tener que soportar semejante despropósito. Si Santillana del Mar es la villa de las tres mentiras, Sexo en Nueva York es la cinta de las dos mentiras: de lo primero hay más bien poco y de lo segundo tampoco.

Lo mejor: Que algún alma caritativa quemara todas las copias de este Productor Audiovisual No Identificado.
Lo peor: Todos y cada uno de los fotogramas.
publicado por Francisco Bellón el 19 junio, 2008

Enviar comentario

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.