Un film cálido, emotivo, y por sobre todo, dueño de toda la nobleza que su director ha sabido desplegar en tres películas, aparentemente tan sencillas como el resto del cine animado, con intenciones y resultados que todo ese cine puede envidiar.

★★★★☆ Muy Buena

Ratatouille

Ratatouille, detrás de la simpleza infantil de su argumento, esconde un producto digno de la factoría Disney, y digno de la mente de un creador que sobresale del resto de los animadores, como es Brad Bird. El director de El gigante de hierro, y de la exitosa Los increíbles, regresa, luego de esta última, a trabajar bajo el ala de Disney y Pixar. Los resultados no podrían haber sido mejores. La narrativa de Bird se concentra en historias destinadas claramente a un público infantil, a priori algo naïves, pero con un sustento y una coherencia ajena a la multiplicidad de guiños “para adultos”, que a esta altura representan el mayor lugar común de la animación actual. Y es que, si Los increíbles jugaba a ser una sátira del mundo de los superhéroes, lo hacía desde un lugar honesto y por fuera del humor soberbio, que acostumbra a actuar desde el doble sentido. Detrás de estas tres películas hay algunos elementos comunes, que las inserta dentro de un universo alejado del animación de hoy. Por empezar, las tres trabajan muy fuerte sobre la cuestión familiar.

En Los increíbles, la familia es una pieza clave, sin la cual no habría héroes, a diferencia del superhéroe tradicional, solo pueden funcionar como grupo. En Ratatouille, la familia de Remy es la que termina potenciando su éxito, su triunfo se da solo si cuenta con el apoyo y la colaboración de su comunidad. Este elemento, que podría ser analizado como producto de una mentalidad conservadora, se encuentra fuertemente potenciado en el cine de Bird, sin por ello constituirse como un factor propagandístico o apologético. En todo caso, es una vuelta de página consciente y astuta sobre la clásica resolución que indica que, en todo film americano, debe haber un héroe sobre el cual pese la acción, y sea capaz de enfrentarse a todo mal con tal de lograr su objetivo. El héroe aquí siempre necesita de un grupo para poder actuar, y por sobre todas las cosas, de un “otro” al cual asociarse. De alguna forma, Linguini y Remy son como Hogarth y el robot gigante (en aquella preciosa ópera prima de Bird), ambos necesitan del otro, no solo para actuar, sino, antes que nada, para tener un verdadero socio, cómplice o amigo, alguien que entienda y comparta los intereses de uno. Remy se camufla en Linguini, como el robot detrás del niño Hogarth, y ambos quieren ser aceptados en un mundo distinto al de ellos.

Las intenciones de Brad Bird son siempre destacables, y a pesar de exponer una cantidad considerable de lugares comunes de la cultura francesa, Ratatouille logra ser un film cálido, emotivo, y por sobre todo, dueño de toda la nobleza que su director ha sabido desplegar en tres películas, aparentemente tan sencillas como el resto del cine animado, aunque con intenciones y resultados que todo ese cine tranquilamente puede envidiar.

publicado por Leo A.Senderovsky el 5 julio, 2008

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