La película recurre a lo sórdido con ínfulas de penetración filosófica y psicológica para dar vueltas sobre sí misma en un plano puramente efectista y anecdótico, sin verdadera capacidad para diseccionar o desplegar la humanidad de los personajes.

★★☆☆☆ Mediocre

X-files: Creer es la clave

Un retorno meramente nostálgico desde la fidelidad – tanto por el espíritu como por la estructura – a lo que fue y es X-Files, uno de esos productos cuyo éxito se explica por estar enraizado en las creencias y las esperanzas que siempre han formado parte de la civilización moderna, sabiendo jugar con toda la parafernalia de iconos y mitologías referentes a lo paranormal; códigos, supersticiones y dioses posmodernos como expresión de la necesidad de creer en algo que nos libre del vacío existencial.


La nueva apuesta de Chris Carter -quien demuestra ser un realizador sobrio, más proclive a un tratamiento artesanal de la imagen que al medio televisivo del que procede – pretende llevarnos a uno de los recodos más oscuros, donde Mulder y Scully se enfrentan a cuestiones de máxima actualidad, utilizando la pederastia como un problema social que nos enfrenta a la complejidad del ser humano. Si la propuesta es tópica y maniquea en un primer vistazo, el posterior debate revela el carácter ambiguo del enigma, ese sacerdote que, en palabras de los protagonistas, significa la luz del bien tanto como la peor maldad. Si el ser humano necesita encontrar en la realidad un patrón coherente en correspondencia con los principios de la moral y el deber, descubrir a Dios en el Demonio abre todavía más la puerta tras la cual se esconde la oscuridad, no tenemos donde agarrarnos. Sabido es que, en muchos casos, los pederastas son excelentes personas, y aunque este sería un tema que no nos atañe aquí, cabe resaltar el acierto del guionista al elegir esta temática como excusa para plantear el problema de la fe en algo que implique armonía y claridad en nuestra construcción ideológica del mundo.

Pero lo cierto es que en conjunto solo queda confusión e indefinición. El problema no son los interrogantes sin respuesta, el problema es que la película recurre a lo sórdido con ínfulas de penetración filosófica y psicológica para dar vueltas sobre sí misma en un plano puramente efectista y anecdótico, sin verdadera capacidad para diseccionar o desplegar la humanidad de los personajes más allá de los lugares comunes que todos ya conocemos desde hace más de una década.

En cualquier caso, la última imagen – y el gesto final – es la más valiosa y representativa de esta correcta acotación al icono: la resolutiva afirmación de la doctora Scully traslada el dilema desde el terreno de la fe y las vanas esperanzas al de la convicción en sus posibilidades y su deber como ser humano.
publicado por José A. Peig el 27 julio, 2008

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