Estábamos con el espíritu y la mirada ensoñadora en torno a la soledad de un ser que sabe amar y cuyo anhelo transpira con la imensidad del cielo estrellado, y a partir del segundo segmento entramos en el panfleto, en una mirada (crítica) futurista p

★★★☆☆ Buena

Wall-E

"Wall-E" ha sido concebida como un sugestivo juego de texturas que parece un revulsivo a las nuevas técnicas de tratamiento y creación de imágenes. Ya no se trata de simple animación. La fotografía, junto con esa plasticidad tan cercana al patrón clásico, proporciona una dimensionalidad evocadora cuando sitúa a nuestro protagonista en ese mundo de polvo, suciedad y arquitectura apocalíptica. La vivencia de la soledad de Wall-E – incluso en compañía de su homólogo femenino – cobra una expresión de ensueño con regusto crepuscular, atmósfera desoladora que sugiere un cine inspirado en el estado de crisis colectiva para describir una ternura recóndita y una esperanza que, retornando al hilo, crea el sueño mediante el humor y la gestualidad, reforzados mediante el efectivo diseño y caracterización de los personajes principales. Esos primeros 45 minutos son una pieza original, demasiado extraña como para tener posibilidades de triunfar sin ser fiel a sí misma.


Tras un viaje espacial, entramos en un escenario futurista explícito y tendente a la típica parábola sobre el naufragio de la humanidad, y en ese segundo segmento confirmamos que la cosa va de texturas. Quiebros y requiebros en el desarrollo de la acción, saturación de chascarrillos y forzada resolución de gags con la finalidad de resultar original. Y es que, desde luego, empezar una película con un meritorio trazo de identidad y riesgo – tanto estético como narrativo – para hacer la traslación hacia lo explícito y previsible es la peor canallada imaginable. La parábola se inspira en el mito bíblico de Adán y Eva, pero aquí sometido a un barniz publicitario de lo que podríamos llamar ecologismo bienintencionado. Estábamos con el espíritu y la mirada ensoñadora en torno a la soledad de un ser que sabe amar y cuyo anhelo transpira con la imensidad del cielo estrellado, y a partir del segundo segmento ese ser queda relegado a un segundo plano y entramos en el panfleto, en una mirada (crítica) futurista pueril porque no trasciende su propia obviedad, y solo resulta interesante por unos guiños cinéfilos que – fijémonos en el caso de 2001, odisea espacial – ejemplifican lo que puede ser banalizar lo que esta a la altura de los clásicos inmortales. Porque, vamos, en ese caso, el sentido del humor es paupérrimo.

A falta de claridad, riqueza de texturas, sugestivo experimento visual y plataforma de despegue que algún día podrá ofrecer una obra de arte fílmica.
publicado por José A. Peig el 7 agosto, 2008

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