Liam Neeson en plan Terminator. Todo sea por salvar de los proxenetas a su irritante hija adolescente. Hombre solo contra los malos con toda una batería de recursos de la que no se salva ni la script. Se ruega poner el cerebro en punto muerto.

★☆☆☆☆ Pésima

Venganza

Pocos son los alegatos que a favor podrían sustentarse para defender una película como ésta. Quizá el más piadoso -por no decir el único razonable- es que la última actualización de la ley con peor prensa de todas, la célebre del Talión, sirve al otrora insigne y recio Liam Neeson como cauce de nutrición ante la esterilidad creativa de la industria a la que pertenece. Más alimenticia que artística, pues, VENGANZA habría de ser considerada como parodia del thriller de justicieros urbanos, una paupérrima revisión de mascados esquemas en todos los niveles que puedan concebirse antes que propuesta mínimamente renovadora, curiosa o inquietante.Es este origen de saciedad estomacal la que acaba eclipsando el más ínfimo atisbo de originalidad en un guión esquelético, apenas virtuoso en el engaño de vendernos el humo de su trasfondo argumental, la trata de blancas. Espinoso asunto donde los haya que el insolvente Pierre Morel -escudado en el parvulario trazo por Luc Besson, a quien la diosa Fortuna ha acabado despojando del injusto cetro que ciertos modernos le asignaron- atiborra con metralla facilona, certera en perforarnos todos los poros de la inteligencia, incluso los de una sensibilidad que, a golpes de trucaje barato, logra adentrarse en la mayor de las asepsias. No es por masacrar -valga el símil semántico- su rancia, asqueante y expeditiva premisa, digna de un casposo Chuck Norris a la hora del aperitivo dominguero, o del más pétreo a la par que infalible Charles Bronson en horas cumbre. No es por su acartonado escoramiento hacia un tipo de cine moralmente ambiguo, por otros calificado de proselitismo fascista metido con glicerina, rebajada su bajeza con la noble excusa que soporta el relato. Valga decir que ésta no es otra que el mencionado tráfico de jóvenes occidentales, sabrosas y en edad de merecer efectuado por redes de mafiosos tan complejas, de arquitectura tan sinuosa, con tantas ramificaciones que un solo hombre parecería incapaz de afrontar su poder. Nótese que uso el condicional porque la hipótesis, peregrina y desaforada como la que más, se convierte en historia incapaz de ser más que pura adrenalina virada al terreno del rescate de una hija por un progenitor cabreado, a todas luces dotado de una pericia sobrehumana para vencer al enemigo, los malos de la función ávidos de carne fresca y mejores réditos. Tanta nobleza articulada, podría decirse asfixiada, en pro de la linealidad, el nulo olor a riesgo, el parón neuronal que los rigores estivales -fecha de su estreno- hacen aún más irritantes.

Para granjearse al sector de público adicto al tiroteo indiscriminado, al crujido de articulaciones, a la patada abdominal -es decir, los púberes palomiteros y algún adulto sin criterio-, Morel y su equipo obvian cualquier asomo de verosimilitud y atacan con una batería indómita de recursos que sirven el eterno combate entre legalidad y justicia a propia cuenta del más común de los mortales. El personaje de Neeson se vale de su bagaje en un cuerpo especial del gobierno -no se menciona, pero está claro que es la CIA- para recuperar a la niña de sus ojos, secuestrada en París -¿qué tendrá la ciudad de la luz para focalizar raptos y persecuciones? ¿es que las llanuras y las urbes yanquis son menos siniestras?- durante una visita turística. La revancha que el explícito título anuncia no se hace esperar, trayendo a nuestra memoria cinéfila el rostro polimorfo del héroe anónimo ensalzado por el cine norteamericano durante décadas. Neeson se parece a Stallone, mezclado con el más republicano Schwarzenegger, pasando por la turmix los caretos de los apolíneos Mel Gibson o Harrison Ford -que a mediados de los 80 convirtió Polanski en frenético esposo también a la vera de la torre Eiffel-, apretados por la querencia paterna, ciegos de razones, capaces del trapecismo con revólver, de la lucha de púgiles sin apenas escuela.

Lo peor de VENGANZA es que evidencia, casi justifica su bipolaridad entre lo bueno y lo malo, entre los impulsos naturales -aunque muy sui generis– y lo aceptable, lo que el orden legal dispone. Hasta el tuétano imbuido de simpleza y maniqueísmo, el film evita el calor de la controversia y prefiere deslizarse por el torbellino de artificios, usando el neumático grueso antes que el compás en el trazo de un despropósito hinchado sin remedio hasta la traca final. Llegados a este punto, comprobamos que lo grotesco gana territorio y consigue provocar nuestra risa floja. Por eso compensa más el tiempo -también el dinero- invertido si se acepta el producto como lo que en ningún momento deja de ser, un chupa chups incendiario y volátil, una baratija veraniega despreocupada de coherencias, sutilezas, densidades y cualquier otra fenomenología del buen arte. Muy raro será volver a encontrar un padre tan amante de su adolescente inquieta y viajera, en quien se redime de sus propias frustraciones, su fracaso como marido, su cuestionable pasado manchado de sangre. Y no porque los cerebros planos de Hollywood no reincidan en cuestiones de protección paternofilial, vertiente del cine de acción siempre rentable, presto al olvido rápido. Más bien por parecer este padre incombustible y letal, sanguinario catálogo de calibres y maniobras que aquí rozan el lenguaje de un cómic paroxístico, acelerado, sin tregua pero también sin matices, sin más ambiciones que las de engordar las arcas. Ahí es nada. Como para tomárselo en serio.
Lo mejor: Que dura poco, tanto como el sabor de un chicle
Lo peor: Que alguien se la tome en serio
publicado por Tomás Diaz el 7 agosto, 2008

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