En síntesis una secuela muy digna que huye de cualquier concepto acomodaticio y apuesta por trascender el ámbito e ir hacia una nueva categoría. Pero las Palabras, esquemáticas, obvias y discursivas, destruyen la fuerza de la Imagen.

★★☆☆☆ Mediocre

El caballero oscuro (The Dark Knight)

La cámara nos aproxima al gran edificio de cristal y el estallido dinamita cualquier posibilidad de especular sobre aquello que se oculta al otro lado del vidrio o bajo la inquietante nota musical que acompaña el logo de la Warner y a la posterior imagen de cielos que arden más allá del icono sombreado de Batman. Es posible, teniendo en cuenta la limitada galería de recursos que se suceden al ritmo de un montaje raudo hasta finiquitar en el minuto 150, que esa imagen sea la expresión verdaderamente valiosa en un conjunto en el que todo – palabras, secuencias, transiciones, temáticas, giros – tiende al subrayado autoconsciente y a la exposición iterativa. Aparecen, pues, los hombres enmascarados que juegan el botín sin escrúpulos y tergiversan el sentido de la operación según intereses de cada subordinado, hasta dar con ese Joker exponencial, la verdadera categoría del perturbador nihilista. Y, de hecho, esta película trata sobre hombres enmascarados que manipulan la realidad en función de sus querencias. Es una guerra por ganar el alma de Gotam, y cada enmascarado impone la realidad a través de su visera.

La máscara es un poderoso objeto simbólico y vale tanto para Batman – héroe en el límite de la legalidad y defensor de un orden basado en la normalidad jurisdiccional – como para el Joker, demonio nihilista que se justifica por sí mismo. Aunque ,desde otra óptica, parece que no hay nada más fácil que no explicar el origen y las motivaciones del personaje reduciéndolo a un esquema de tics y sobreactuaciones funcionalmente efectivas. Dejémos, en todo caso, que el personaje sea el centro de atención – por su extravagancia estética y psicológica – y pasemos a lo que de verdad importa: la obra coral, la épica policíaca sobre un mundo sin reglas que necesita creer en algo, en héroes de verdad, en caras amables y no en justicieros que esconden el rostro y se ocultan en las sombras. ¿ Qué quiere el pueblo?. ¿La realidad o la vana esperanza?.

Como obra coral The Dark Knight juega sus bazas en varios círculos: el fundamental es el estrato formado por Batman, Joker y Harvey Dent y es el que prevalece por su acertado desarrollo y su potente significación . Harvey Dent – el hombre normal y máximo aspirante a restaurar el orden – es el personaje-víctima en esa pugna entre enmascarados; Batman lo utilizará para que el pueblo recupere la confianza en el orden institucional y Joker para destruir toda esperanza y expandir el caos. Dos Caras es el resultado de la maquinación maquiavélica a dos bandas y un arma definitiva en la misión de conquistar la conciencia de Gotam. Parece que estamos ante un final que otorga el triunfo al señor del caos , pero finalmente Batman decide utilizar la manipulación y propagar la mentira como única forma de mantener la esperanza. La cara amable de la política es la nueva religión. Termina la película y estamos en el mismo punto inicial, solo que ahora Batman, voluntariamente, se ha convertido en un proscrito. Conclusión desoladora en un filme pensado como una mera transición hacia la tercera entrega, lo cual hace de él un producto intencionadamente inacabado.


Así pues, en conjunto, es la descripción de un mundo que arde sometido a la inteligencia de un demiurgo nihilista. La transformación de Harvey Dent es la única pieza que aporta una progresión narrativa a un conjunto convencional en torno a la corrupción y la recreación de una atmósfera paranoide. Por otro lado, el discurso textual vuelve a simplificar lo que sobre el papel era complejo (significativa contradicción que no hay que perder de vista). Fijémonos en la interpretación de Christian Bale cuando encarna a Bruce Wayne , un actor de un solo registro para un personaje unidimensional. En cine, la complejidad interna de un personaje se expresa con la imagen, los gestos, situar al personaje en el contexto adecuado en el que pueda desarrollar toda su caracterología, tanto en la gestualidad externa como en sus rasgos más íntimos. El guión, en este caso, explicita más de lo que debe y, en consecuencia, demasiado a menudo da la impresión de que no son personajes con vida propia, sino meros clichés subordinados a un texto que describe, pero no realiza – en términos de realización cinematográfica – a los personajes. Demasiados diálogos. El contenido temático (el fondo) es mucho más contundente que la esquemática mirada de Christopher Notan (la forma), el cual consigue disimular la planicie de su lenguaje mediante un montaje que proporciona el ritmo adecuado y un uso inteligente de la fotografía a la hora de abordar esas majestuosas panorámicas de la gran ciudad. Respecto a su validez narrativa, sobran muchos minutos, escenas que aportan datos prescindibles y que dispersan la narración en detrimento de una mayor fluidez y síntesis de los principales contenidos dramáticos.

Reconozcámoslo: esta película funciona en algunos aspectos concretos pero fracasa en la construcción de conjunto. Joker es un personaje genial, secuencias como la de su fuga del hospital clínico pueden estar en la mejor antología, la penetración moral de la secuencia de los rehenes en los barcos es algo inusual. Pero Wayne es un personaje unidimensional, su relación con Rachel es puro trámite sin verdadera capacidad para suscitar empatía y Chirstopher Nolan es un realizador convencional a la hora de filmar sus escenas de acción, ya sea física o dramática. La temática es fascinante en el plano moral y sociológico, podía – en potencia – reformular los esquemas y los códigos de un género , pero la narración es deslavazada, el montaje supone un artificio poderoso en su función rítmica pero inefectivo en la articulación (significación) dramática.

En síntesis, una secuela muy digna que huye de cualquier concepto acomodaticio y apuesta por trascender el ámbito e ir hacia una nueva categoría. Pero las Palabras, esquemáticas, obvias y discursivas, destruyen la fuerza de la Imagen, atractiva solo por su tratamiento plástico.


Y vamos a recordar la penúltima Imagen, con el comisario Gordon en su centro. Y concluimos con una cita de Nacho Vigalondo:


…permitir que un personaje sentencie el sentido último de la obra.
Algo que es peor que feo, incluso peor que aburrido: Es cobarde.
publicado por José A. Peig el 15 agosto, 2008

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