Lo que vuelve a Wall-E una de las películas más bellas del cine de animación de los últimos años, es la clara y sorprendente confianza que tienen sus realizadores sobre el poder visual de la imagen animada.

★★★★★ Excelente

Wall-E

Los tanques animados de esta temporada no dejan de sorprendernos. Lejos de la multiplicidad de citas y referencias “para adultos” (herencia de Los Simpson y Shrek), Kung fu panda y Wall-E, las nuevas películas de las dos grandes factorías de animación, Dreamworks y Disney/Pixar respectivamente, evitan por todos los medios la ostentación de intertextualidad, y se han decidido por recursos más genuinos y auténticos a la hora de atraer a padres e hijos por igual. Si desde hace un tiempo, la animación dejó de ser terreno exclusivo del público infantil, y los adultos que acompañan a los niños demandan películas que logren cautivarlos, el recurso de referencia constante a obras anteriores parece haberse agotado al masificarse por todo el género animado, hasta terminar asumiendo un protagonismo desmedido en películas que no requerían de ello. Lo primero que llama la atención de Wall-E es la ausencia de diálogos, particularmente de los protagonistas, la pareja formada por los dos robots, Wall-E y Eva. Opuesto a la tradición Disney de darle voz hasta a los animales, tradición que se ha extendido a todo el género animado (el ejemplo está a la vuelta de la esquina, con Kung fu panda), Wall-E y Eva solo aprenden a pronunciar y repetir el nombre del otro. El resto, sus respectivas personalidades, sus movimientos, sus emociones, se desprenden directamente de las imágenes, el lenguaje más universal de todos, capaz de ser entendido a la perfección por grandes y chicos. La palabra y los pocos diálogos llegarán mucho después, cuando los robots lleguen al crucero espacial donde se encuentran refugiados los sobrevivientes de la Tierra. Así nos enteramos que la humanidad abandonó el planeta setecientos años atrás, para dejarla en manos de un proyecto de limpieza de residuos. A partir de allí, la película nos deja ver claramente su posición, no solo respecto a los atroces resultados de la contaminación provocada por el ser humano, sino también respecto a las terribles consecuencias de la dependencia de la máquina. Básicamente, según Wall-E, la humanidad (la herencia de los que abandonaron la Tierra) estará compuesta por obesos incapaces de moverse de sus respectivos asientos, y educados para dejar todas sus actividades en manos de la tecnología. Si la ciencia ficción suele ser la excusa y el recurso perfecto para hablar de la realidad, en Wall-E esta excusa está perfectamente sustentada. Este contenido político es el texto secundario de la película, mientras que el principal está representado por la historia de amor del ingenuo Wall-E y Eva, la representante del crucero espacial. Los dos robots despliegan su habitual sorpresa por el mundo de los humanos (como la obsesión de Wall-E por las secuencias de baile de los viejos musicales) y toda su ternura, suficientes para conmover a padres e hijos, apelando a recursos primarios del mundo del cine, sin necesidad de bajar a palabras los sentimientos de ambas máquinas. La belleza visual, propia del avance tecnológico en animación, no falta a la cita, con secuencias sencillamente maravillosas, como la danza de los robots alrededor de la nave. Las referencias tampoco se encuentran completamente ausentes, la computadora de la nave es una clara cita a 2001: Odisea del espacio, y su famosa y malévola computadora HAL 9000, y con su desactivación se oye un pasaje de “Así habló Zarathustra”, de Richard Strauss, pieza principal de la banda sonora de aquel clásico. Sin embargo, la cita aquí, como en Kung fu panda, queda relegada a un plano completamente secundario. Lo que vuelve a Wall-E una de las películas más bellas del cine de animación de los últimos años, es la clara y sorprendente confianza que tienen sus realizadores sobre el poder visual de la imagen animada. Wall-E muestra como pocas películas animadas lo han hecho hasta ahora, que para contar una linda historia, no hacen falta demasiadas palabras, solo un hermoso despliegue audiovisual y personajes dotados de dulzura, aunque solo sean dos robots supuestamente carentes de toda emoción humana. No olvidemos, si los personajes no se destacaran por su ternura, no se trataría de un producto Disney. Y lo es, de principio a fin.
publicado por Leo A.Senderovsky el 22 agosto, 2008

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