Cuerda se estanca en un cine academicista y oculta sus anteriores concesiones al lirismo, incluso a la emoción viva. Su historia aburre y aporta más bien nada a un género al que no salvará del escarnio popular. Viva el cartón patrio.

★★☆☆☆ Mediocre

Los Girasoles Ciegos

El más común de los sentidos podría hacernos intuir un póstumo honor de los académicos hacia Rafael Azcona por esta adaptación del relato homónimo de Alberto Méndez. El último y más literario arrumaco del genio hacia el medio que alimentó nuestra inteligencia durante décadas de lucidez y sabio diagnóstico de la realidad española. Pero además serviría el galardón para acreditar que el legado del maestro se prolonga más allá de su muerte, que los laureles a todo un bagaje de talento incorruptible se reconcentran en un suspiro postrero, aunque menor, éste que José Luis Cuerda ilustra en imágenes. LOS GIRASOLES CIEGOS los vuelve a asociar con material nuevamente apegado a la posguerra siniestra, de nuevo los fantasmas, los miedos y el oscurantismo como inspiración argumental, otra vez la ortopedia visual de ese denostado sector de la industria patria empeñado en mostrar la gran cicatriz moral del país, su reencuentro -para infortunio del respetable- con el acomodo temático y la huida del riesgo en las formas más exasperante aquí, si cabe, que en EL BOSQUE ANIMADO (1987) o LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS (1999).

Como en ellas, se rescatan personajes cercados por la espantosa negrura social y política, las pequeñas voces de una nación que el tijeretazo de la contienda escindió en buenos y malos hasta asfixiar cualquier asomo de diletancia. Cuerda, perro viejo, se arrima a la brasa que mejor caldo produce en su propio universo creativo, los rigores y sinsabores de ese pasado infame y el efecto sobre un pequeño racimo de personajes con sus íntimas zozobras. Pero es posible que el apego a la novela estriña la narración sin la válvula de lirismo que rociaba aquellas estampas costumbristas. No así el fondo crítico, que aquí se mantiene coleando. Porque por el armazón de sentimientos diseñado en el guión repta no muy sibilinamente la enésima condena a los victoriosos, un previsible canto de amor a los derrotados, la épica del fracaso ahora filtrada bajo las pieles de un triángulo emocional de vértices incandescentes.
Opta el autor de LA EDUCACIÓN DE LAS HADAS (2006) por apoltronarse en una narración lineal hasta el cansancio, exenta de quiebros que desentonen y den calor a una historia de ardores previstos. Este cuento, hiperrealista en el trazo, plasma desde el recto empaque visual los tormentos de un efervescente diácono (excelente Raúl Arévalo) obnubilado por dudas de fé, ciego de anhelos carnales que una turgente Maribel Verdú (pletórica, puro fuego) le inspira entre cánticos y recreos de párvulos. La fémina, además de incitarle a los vicios del mundo, le oculta su vida familiar contraria al régimen, marido escritor con el rostro del soberbio Javier Cámara -en la piel de un rojo rojísimo, tanto que se refugia cual cucaracha de la luz solar- e hija embarazada y por amor prófuga hacia tierras más gratas. Nada huele aquí a fantasía surrealista. No despunta el delirio delicioso del antiguo artesano. Poco o nada de su magia reivindicada, de la fábula nutrida de melancolía, casi nada de esa plástica de la naturaleza en idilio con los seres humanos que pueblan sus paisajes. Demasiada inyección de realidad, sobrio chute de espectros pretéritos que hace de su contención el mayor de sus pecados.

Es eso, poco más y casi sólo eso. Oficio empaquetado con apatía, lenguaje academicista, átono y, por momentos, aburrido. Más allá de la traslación fiel del texto original no se descubren alicientes que impulsen el torrente dibujado, que aviven la emoción, que nos identifiquen y perturben, que nos conmuevan. El maestro Azcona firma un texto de simbolismo facilón y personajes algo esquemáticos, todo su historial de acidez e ingenio al servicio de un relato incapaz de transmitir ninguna de las pasiones, cocido a un fuego lento que sólo las chispas finales consiguen reactivar. Pero es tarde ya. El trayecto sombrío y apesadumbrado queda marcado hasta el sexual desenlace por el sello insípido de un Cuerda que nunca quiso ser ni pudo ser ni fue supuesto un esteta. Cierto es que la comedia ochentera tuvo en su cine referente de transgresión, lo estrambótico y lo patético, lo irónico y lo tierno imbricados con precisión, barómetro de miserias, espejo de soledades también nuestras. AMANECE QUE NO ES POCO (1987), clásico indiscutido e irrebatible.
Sin embargo, el acercamiento al entorno moral y religioso descrito por Méndez se antoja, en las antípodas de la ficción sarcástica y evocadora, tibio retrato localista tiznado de miedo y silencio. También traición. Y la castración del deseo, la prohibición impuesta incluso por uno mismo. Nobles impulsos que acaban amortiguados por la gélida gramática del director, las llamas reducidas a cenizas, costumbrismo mustio con la mecánica de la tragedia bien aprendida y desplegada. No es éste más que un estudio de los deseos humanos que no perdura, el acartonado perfil de la represión, de las luchas personales y colectivas que no estimula algo distinto a la indiferencia, casi un hastío tímido. Y no me dejen insistir en mi vieja cantaleta sobre el spanish cinema y el catálogo de corsés que lo sustentan. Mejor será.
Lo mejor: Maribel Verdú y Raúl Arévalo.
Lo peor: La dirección, tan gris como la España que retrata. La monotonía y la nula emoción de la historia.
publicado por Tomás Diaz el 24 septiembre, 2008

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