Vergonzante y absurda. Película que en ningún momento define sus bazas y termina por sonrojar. Lo peor de nuestro cine (y del otro) en lo que va de año.

★☆☆☆☆ Pésima

No me pidas que te bese porque te besaré

Cuando el afán fuerza el buen propósito, el efecto se difumina, pierde fuelle. Puede incluso incordiar una sobredosis de melaza, la bondad con calzador y el aroma solidario a borbotones. El cine se refugia a veces en narraciones que rebosan carga de humanidad hasta la frontera de lo intolerable, por exceso se logra el desapego emocional, el escalofrío se ausenta. Ni siquera en la saca del cine social, provechosa punta de lanza de gran parte del cine patrio, podría encuadrar Albert Espinosa su bienintencionado debut. La apuesta desconcierta como pocas. Bien podría aparcarse en un indeterminado arcén temático cuya extrañeza no revierte en fascinación, al menos el que esto escribe sintió sus ojos y boca abiertos, y no para que el placer dejara correr el lagrimeo o el gemido tímido. Fue más bien por incredulidad. Bochorno incluso.
No tiene ningún mérito solidario, y aún menor asomo de comicidad el surrealista punto de partida de esta película inclasificable. Filtrar en la más descafeinada e insulsa maquinaria sentimental un ligero chorro de conciencia humanista requiere algo más que intenciones limpias. Habría que recordar al señor Espinosa, de pésimo talento interpretativo -todo sea por ahorrar costes-, que además existe algo llamado guión necesitado de lustre, de los mínimos retoques para que las bondades no terminen naufragando en charcos. Eso es a lo que queda reducido un intento integrador loable pero cojo, hay quien lo llamaría fallido. Sobrevuela el esfuerzo por congraciarnos con los más desheredados de esta mierda de sistema en que malvivimos -aquí deficientes mentales-, pero la intención, casualmente, y sin parecer exigentes, no es lo que cuenta. La cobertura de la dignidad encierra poco más que vacío maquillado.

Reconozco cierto rubor ante lo que plantea una historia indefinida, perdida en los andurriales de psicología familiar y dominical, para más señas. En ningún momento tuve la bendita sensación de saber el destino de tanto ingrediente absurdo, nunca precibí el propósito de engarzar situaciones tan mal dibujadas, con un trazo de personajes que roza lo ridículo. Pude acariciar -incluso manosear- la impresión de que Espinosa no sabe o no es capaz de transmitir emociones, ni contando con el grupo de actores más esforzado. Pero lo más deplorable es tener la impresión de ver dos películas en una, apenas comunicadas por arterias finísimas, tan frágiles que impiden dar coherencia a un relato desde el principio endeble. Cuando creemos que el goteo de romanticismo generacional inundará la pantalla de sentimentalismo de manual, la cosa deriva a la terapia de grupo con mensaje. La superación de obstáculos personales y afectivos se convierte en excusa fácil de unas escenas aburridas, enamoradas de su propio azúcar moralista, casi pueriles. Mala escritura por sensacionalista, por destilar buen rollo e inyectarlo al personal sin apósito. Mata la ingenuidad por sobredosis, sobre todo en una secuencia final de sonrojante resolución.
Me arriesgo a sonar frívolo, pero hubiera sido más transgresor, una pizca más gamberro y todo lo incorrecto que pueda imaginarse usar la deficiencia psíquica para hacer comedia de la buena, con su crítica acerada, su valiente parodia, su micción fuera del recipiente. Por contra, se adopta un molesto tono de condescendencia para encauzar vaivenes emocionales ya conocidos por todos, apenas distorsionados por la tozudez musical del protagonista y el retardo mental como motor de parte de la acción. El resultado es un blando, correoso y artificial catálogo de metas por perseguir, íntimas batallas que librar por aquéllo de la felicidad.Es decir, lo de siempre hecho con bastante menos estilo y sutileza. A la vergonzosa secuencia de la masturbación conjunta con los discapacitados me remito.
Lo mejor: Déjame pensar...
Lo peor: ...Absolutamente todo
publicado por Tomás Diaz el 24 septiembre, 2008

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