Voy a escribirlo con una claridad semántica y sintáctica que no admite dudas ontológicas: LA PEOR PELÍCULA DE LA HISTORIA DEL CINE. Y no me pilló el cuerpo malo ni cosa parecida…

★☆☆☆☆ Pésima

Transformers: La venganza de los caídos

Al señor Bay le deberían prohibir empuñar una cámara o pagar para que otros la empuñen. No hago nada más que pensar en el estropicio que una película como Transformers 2 puede hacer en un cerebro sin pulir al que de pronto le colocan delante esta orgía visual, inofensiva, por supuesto, pero dañina en cuanto sublimación del universo estético al que la sociedad que estamos construyendo avanza inexorablemente. Porque lo que ha facturado este caballero es un negocio descomunal cuyo principio activo es una película, una que zarandea las hormonas del personal adolescente y engolosina el ojo pasivo, el fácilmente desbocable, hacia paraisos de una vacuidad moral absoluta y una contundencia plástica lastimosamente impecable. En ese sentido, el zorro Bay, el Anticristo, es un empresario mayúsculo: su jugada es imbatible porque empalma (entiéndaseme el verbo en su sentido más serio) un muy primario sentido del espectáculo (de sencilla digestión por el espectador hueco) con una voluminosa ración de sexo lánguido, inocente, vía Megan Fox, esa especie de actriz que rivaliza con los robots en tics mecánicos. Por eso insisto en la gamberrada cultural que supone Transformers 2: me imagino que la chiquillada entusiasta que ha jaleado las piruetas circenses de los protagonistas saldrá del encantamiento en cuanto la edad les abastezca de sesera y en algún imprevisto y desprevenido instante se acomoden en un cine y vean cine como Wilder manda, ustedes ya me entienden. Pero no tengo ninguna duda de que habrá descerbrados que sigan cómodamente instalados en ese limbo neuronal y pidan más. El chute, si es Bay quien lo expide, está asegurado. Me pongo a pensar ya en una tercera entrega en la que supriman la condición humana y ni el muy soso LaBeouf (qué le vio Spielberg) ni la muy tórrida y concupiscible Fox (que le viene el apellido pintiparado) concursen con sus planas interpretaciones. El guión, a lo visto en este segundo atropello, es secundario. Lo único consistente es lucir palmito y aturdir al consumidor con una sesión hipnótica de mamporros metalúrgicos. Y además, he aquí el verdadero colofón a esta apoteosis de la estulticia humana, se atreven a destrozar ruinas milenarias con desparpajo y glamour. No tienen perdón. No creo haberme expresado con claridad y voy a insistir otra vez: el señor Bay y sus mercenarios no tienen perdón. Al hacer cuentas, la industria del cine dirá que este terrorista visual ha hecho caja y devuelto a las salas a quienes se fugaron. Pues no sé yo si la exposición tiene antídito. Igual todos los rancios de alma que disfrutaron de este desatino no levantan cabeza en su puñetera vida. Yo todavía estoy en la duda y no sé si la radiación tendrá efectos irreversibles. Por si acaso me pongo esta noche en mi DVD una de piratas, fíjense qué les digo. Ni siquiera Dreyer o Bergman o el muy sesudo Tarkosvki. Quiero la alegría simple de un espectáculo digno que no ofenda mi apetito de felicidad
Lo mejor: Salir, respirar aire sin toxinas metálicas, comprobar que el mundo sigue girando, ver a la gente, pensar que el cine está ahí para compensar este rato imbécil de tiempo y dinero gastado...
Lo peor: Todo es peor, todo es malo, todo es una lástima
publicado por Emilio Calvo de Mora el 1 julio, 2009

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