Póker de féminas con más testículos que muchos hombres. Puro noir posmoderno narrado con pulso, turbiedad, contundencia. Ejercicio de estilo, Díaz-Yanes en terrenos que domina. Cine grande.

★★★☆☆ Buena

Solo quiero caminar

Gloria Duque -inmensa Victoria Abril- dejó una marca sólida, rocosa en mi ánimo hace ya unos años. Ella y su historia de derrota, que Díaz-Yanes elaboró al modo de un noir patrio tan sórdido como la vida puede llegar a ser. Reventaba de épica su pequeña cruzada contra la miseria, e hizo lo que pocas cintas logran más acá de los Pirineos. Hacer de nuestro cine cantera de dignidad. Un relato noble el suyo, con grandes letras estampaba ese thriller visceral los muros de una industria renqueante por definición. Las formas de NADIE HABLARÁ DE NOSOTRAS CUANDO HAYAMOS MUERTO se escapaban a terrenos narrativos de insólita consistencia. Fue dura la experiencia de verla porque los códigos de género se saltaron a la torera sus propias exigencias. Porque era negra hasta el vahído. El nuestro, claro. Oscuridad jamás igualada -hasta ahora- que exaltaba la grandeza de las hazañas anónimas, hermosísimo el lema vital de la protagonista. Los pobres son príncipes que deben reconquistar su reino. Imposible mayor poesía en menos espacio. Se abría en esa frase sucinta la puerta al abismo más reconocible, los márgenes de una pobreza cercana, palpable junto al bar de la esquina, en el supermercado, el fracaso con vestiduras de cotidianeidad.

Cambia el espacio en la nueva entrega de su periplo, saltamos de Cádiz salada a la febril México D.F. Nos hace cabalgar Díaz-Yanes y la grupa se clava despiadada, no hay clemencia. Donde allí dejamos a Gloria reenganchada a la vida, aspirante al título de la autosuperación, empeñada en salir a flote, aquí la rescatamos en plena madurez. Pero la vida sigue mordiendo a bocados, no le queda otra que saltar, aunque tenga que seguir su ruta de felaciones a babosos traficantes. Para ella el camino hacia la posible expiación impide ser buena de manual. La ortodoxia no va con ella. Por eso sigue robando, tambaleándose la precaria salud familiar junto a su hijo. Y nosotros cedemos de nuevo al embate de violencia que es su vida. En mi caso me ha regresado la congoja, menos impetuosa que en la primera, pero ahí estaba. No seré el único.

Suponía yo que el maltrato del mundo contra estas pobres putas dibujaría una espiral olorosa de crimen con acento guachupino. Me esperaba la brutalidad, y me ha caído a chorro denso, tintada de narrativa sobria, contundente, a veces un punto confusa en acciones y, cuando se cierra el catálogo de dolor y muerte, fuente de liberación. No se debiera tomar esta obra como segunda parte del bache existencial de Gloria, no es su historia la que encuentra nuevos cauces. La voz se multiplica en polifonía bárbara y precisa. Amplía el director los registros del desarraigo con más mujeres, trenzando el cordón intestinal que une sus destinos. Mujeres españolas en revancha contra los malvados mexicanos, los machos que el estereotipo vacía de neuronas. Es indiferente cuando lo importante se nos cuenta con el timón bien aferrado. Son ellas, las princesas destronadas, las que merecen la atención. Nueva pieza de maestría la de un Díaz-Yanes resacoso de aventuras alatristianas. Mejor en senderos que domina, para él como artista. Para el público en su reencuentro con la descarga eléctrica más pura, trece años después de aquella muestra de orfebrería.

El despliegue de voces cruza huidas y persecuciones, los personajes desnudan un guión tenso y alambicado, agujerean paredes, horadan las capas de una emoción -la nuestra- ya sometida al encanto del género reelaborado. Y es que tiene mucho de valiente narrar los pantanosos márgenes de la palabra venganza, la silueta tenaz del riesgo, puro oficio vibrante, rotundo ejercicio de autor consagrado a su criatura. Un nuevo chute de adrenalina que un tempo bien dosificado esparce por escenas de firme composición. Alguna es especialmente brillante -uno de los asesinatos se comete en el interior de un coche y el plano, cenital y lluvioso, lo recoge seco, cortante, puro cine-

Admirable es la confección de la trama, de lleno enmarcada en patrones de negrura. Se afincará en el recuerdo su obscena fisicidad, dolerá la cicatriz de sus mordiscos. A Gloria vuelven a martirizarla con distinto artilugio, pero la angustia nos perfora otra vez el vientre. Caen de nuevo cuchillazos de desfortuna sobre ella y su familia, por mucho que el fantasma de su suegra vele en pos de su reinserción. Los flecos del fracaso no pueden sortearse, y Gloria lo sabe. Nosotros adivinamos el derrumbe definitivo de la ilusión, el final es el que tiene que ser y no engaña. Cualquier esbozo de salvación se evapora. Hasta entonces, el relato se ha retorcido, los pespuntes del thriller han gobernado los disparos certeros y el castigo, también la mecánica de traiciones, culpas y una redención que el sicario encuentra en el amor.

Luego están las actrices, carne viva. Baraja segura para que el artefacto recorra sus turbulencias, aunque escojo a una Ariadna Gil que nunca antes me fascinó. En ésta aparece espléndida, sembrada de moratones y adicta al sexo de pago. Inspira lástima, sentimiento que termina por arrastrarnos en su humilde aportación al mosaico de vidas golpeadas, náufragas en mitad de un mal sueño imposible de abandonar. Ella sí encuentra la salida, el magnífico travelling final resume la esperanza que empieza a perfilarse. Pero el zarpazo abdominal hace tiempo que nos removió en la butaca.
Lo mejor: Ariadna Gil. El ritmo. La ambientación. La firmeza narrativa.
Lo peor: La escasa profundidad en el trazo de algunos personajes (curiosamente las mujeres). Que alguien la considere segunda parte de NADIE HABLARÁ DE NOSOTRAS CUANDO HAYAMOS MUERTO.
publicado por Tomás Diaz el 6 noviembre, 2008

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