Allen regresa a terrenos que gobierna con intuición y frescura. De nuevo el amor, su reflexión, su gozo, el torbellino que genera. Y Penélope Cruz abrillantando de genio las escenas más divertidas.

★★★☆☆ Buena

Vicky Cristina Barcelona

Era bastante reacio a ver lo último del genio. De uno de ellos. El neoyorquino de frágil silueta, el cerebro fabricante de ingenio atropellado y disección lúcida del ser humano regresa por sus fueros. No tengo claro qué es lo que me frenaba. Tal vez los prejuicios hacia una historia con peligro de embarrarse en el postalismo barcelonés más complaciente. O puede que no creyera en la capacidad del maestro para conservar íntegras sus dotes literarias, en horas bajas tras su última entrega, ese olvidable amago de tragedia londinense confeccionado a lo mediocre. O -esto seguro- el título espantoso, presagio de lo peor. Reconozco ahora que dejarse llevar por falsas apariencias impide a veces reencontrar placeres conocidos, y de esto Woody Allen nos ha surtido hasta desbordarnos.

La estampa de vaivenes sentimentales en la ciudad condal nos devuelve al Allen más genuino, recuperamos su mapa afectivo, ese territorio de impulsos, desengaños, pasiones y frustración que ha venido escarbando en obras de indiscutida precisión. Más o menos inspiradas, sus piezas de análisis han sabido decir mucho sobre la gente y sus estúpidas (también admirables) formas de reaccionar. Siempre las facciones cómicas relajando tensiones, siempre el conflicto bajo máscaras livianas, escritas con tiralíneas y otorgando altura artística a lo que algunos transformarían en enredos vacíos.
No es que no quiera enredarnos en su homenaje al país que recientemente le concedió un insigne premio. Por el contrario, su vuelta al universo temático marca de la casa encuentra acomodo en las formas de un vodevil arrebatador, simpático y tan libre como fueron otros, si bien la Gran Manzana muta ahora en el rostro polimorfo de una Barcelona bohemia y deliciosa, al que se suma el paréntesis por parajes asturianos. Pero diré que la previsible concesión al tópico geográfico no chirría tanto como cabría esperar. Los espacios de costumbrismo ocupan su lugar en el guión con funcionalidad dramática, es por lo que no me molestó tanta cámara en ristre y buceo en la cultura de la capital catalana. Ni siquiera el guitarreo mostrado en una parte de la trama me desafina como recurso fácil, tratándose de España. Es más, el contraste de idiosincrasia que ofrecen las dos turistas americanas enriquece una visión amable -sólo en la fachada- del amor, o de sus colores y trazos, o de las consecuencias de un amor que impide la convivencia de los amantes. Allen mordisquea no sin astucia la jugosa fruta del deseo, y la dentellada se antoja más provocadora que nunca al describir todos los perfiles del impulso amoroso, incluso los que nunca antes se animó a sugerirnos. Porque si ya parece difícil el camino entre dos, resulta divertido comprobar el efecto de un amor a tres bandas, al final más benéfico para evitar fracasos anteriores. Muy atrevido Woody.
La complicidad del cuarteto de actores, todos brillantes, ayuda. Con ellos la historia nos va moviendo por su maraña de fluidos encuentros, nada me chirría por jugarse las cartas desde una óptica ligera, pero en el fondo aguda y reflexiva, dejando atrás la evasión gamberra que sí movía otros títulos. Se cuestionan aquí los márgenes del amor o cómo afronta cada uno su irresistible presencia, nada insólito en la obra del director ni en el cine. En el fondo sigue latiendo idéntica perspectiva agridulce de las relaciones. Una vez más se nos propone, bajo la pátina del desenfado -nunca frivolidad-, la eterna dialéctica entre el amor seguro, cómodo, pragmático y cauto encarnado por Rebecca Hall y un amor torbellino, impetuoso, capaz de beberse la vida a sorbos. ¿Dejarse arrastrar o cohibirse por el peso de las convenciones? ¿Rendirse a la tentación de lo diferente o seguir los dictados de la razón? Los lazos se confunden y seducen, se hace gratificante el esquema de los cariños complementarios, de los roces condenados a estallar en pedazos. El personaje de Penélope Cruz -racial, desequilibrada, genio puro- actuará de estímulo para la romántica Scarlett Johansson, también será el nexo con el pasado tormentoso del artista incorporado por Bardem. El dolor del amor siempre en la memoria.
Allen sabe tanto por viejo y por diablo, disparando su ironía y dejando claro que nada es fácil. O tal vez sí pueda serlo. Su viaje, que una machacona voz en off hace más explícito de la cuenta, nos deja experimentar el amor que no se piensa por nacer desde el riesgo, la liberación de los instintos más humanos como motor de la felicidad. Material de vieja escuela, cierto, ahora convertido en maquinaria engrasada para gozarla. Será más bien por tratar asuntos de siempre que me dejo empapar por la frescura sin complejos de todas y cada una de las escenas. Y me gusta la sensación.
Lo mejor: Penélope Cruz. La vuelta del Allen más atrevido y fresco.
Lo peor: Las concesiones al tópico español.
publicado por Tomás Diaz el 11 noviembre, 2008

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