Red de mentiras

La situación global de Norteamérica y su guerra contra el terrorismo islámico es el punto de partida de este thriller bastante típico, que se articula en base a dos personajes opuestos y a la vez complementarios: por un lado está el agente de campo, ese que se ensucia, dispara, corre, suda y conduce a toda leche para salvar la vida. Por el otro, está el analista burócrata que da las órdenes pertinentes para que todo el apartato tecnológico de la presunta mayor potencia bélica del mundo se ponga a funcionar para cubrir las operaciones, que ordena la muerte o el seguimiento de un sospechoso mientras lleva a sus hijos al partido del domingo o lee el periódico desayunando. Todo eso está muy bien, pero al parecer no ha funcionado nada -o muy poco- a la hora de terminar con los conflictos en Oriente Medio. Así que hay que inventarse -¿o quizás no?- otra forma de conseguir información, que va más allá del espionaje, y esa forma, tan antigua como la humanidad, no es otra que mentir. Mentir sobre mentiras y más mentiras. Es la mejor forma de conseguir la verdad, o al menos es lo que planteó muy inteligentemente en su día el autor David Ignatius en una excelente novela que dejaba entrever la fragilidad de la inteligencia norteamericana a la hora de conseguir resultados en sus operaciones. Ridley Scott ha intentado volver a hacer un cine apasionado, con acción y un guión currado, pero esta vez no ha logrado su objetivo. Si en American Gángster conseguía deslumbrarnos con su facilidad y pulcritud a la hora de narrar la vida y motivaciones de un traficante de heroína (nada más y nada menos), en esta ocasión tiene dos diamantes que no sabe aprovechar; y cuando digo diamantes no solo me refiero a las esforzadas y excelentes interpretaciones de Russell Crowe y Leonardo DiCaprio, sino a sus respectivos personajes, perfectamente dibujados, pero a los que no le saca partido y no articula la historia en base a ellos. Además Scott comete otro error garrafal impropio de su experiencia y forma de hacer: desaprovechar a los secundarios. En los respectivos arcos dramáticos del protagonista -DiCaprio- y del antagonista -Crowe- hay personajes fantásticos, desde el jefe de la Inteligencia Jordana hasta la enfermera iraní de la que DiCaprio se enamora. Todos ellos son simples comparsas, caritas que aparecen y desaparecen añadiendo muy poco a la historia, cuando podían haber supuesto ejes dramáticos mucho más potentes. No obstante, el film consigue entretener de principio a fin con esta reflexión de política ¿ficción? en la que el "Big Brother" norteamericano tiene ojos en todos los lugares desde el cielo, y la paz depende de un email mandado erróneamente a una dirección. Técnicamente, es un producto exquisito, con una magnífica banda sonora y una fotografía excelente, pero queda algo vacío, algo soso: se espera bastante más del director de "Alien" y "Blade Runner". O al menos yo si (claro que también debería recordar que perpetró "La Teniente O’neill")

Lo mejor: Crowe y Di Caprio, ambos excelentes. Un guión que a veces sorprende
Lo peor: Ridley Scott, que no termina de rematar la faena con este excelente material. Los secundarios, que no se aprovechan como debiera
publicado por Federico Casado Reina el 23 noviembre, 2008

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