… ahí me colé y en tu fiesta me planté, coca cola para todos y algo de comer, mucha niña mona pero ninguna sola, luces de colores lo pasaré bien…

★★☆☆☆ Mediocre

Mi nombre es Harvey Milk

Que Brokeback mountain era una de las mejores películas de los últimos años a nadie con dos dedos de frente y sensibilidad cinéfila se le escapaba. El amor que se profesaban los dos vaqueros traspasaba las barreras del celuloide gracias a una puesta en escena inconmensurable e inteligentísima y a un guión evocador que utilizaba el lugar de los encuentros, esas montañas áridas y bruscas donde fornicaban, en el tercer protagonista de su amor cómplice.

Comparar Brokeback mountain con Mi nombre es Harvey Milk por su temática gay es un suicidio y un paso atrás en la supuesta lucha por los derechos civiles y sociales de homosexuales y lesbianas.

La película de Gus Van Sant – director que ganó prestigio con Mi Idaho privado y lo perdió a marchas forzadas con El indomable Will Hunting, el remake de Psicosis o la insoportable Elephant  podría ser una buena película en los años 70 pero no lo parece cuarenta años después.

En su defensa podría decirse que su trama – un gay que lucha enconadamente contra la discriminación de su colectivo – puede ser contextualizada en la actualidad por ser la historia de un hombre, de un grupo de hombres que defienden sus derechos y hacen que el mundo sea un poquito mejor. Pero a la trampa de la hipócrita filosofía sobre la bondad humana y la lucha por superar la adversidad – filosofía capitalista que nos dan a comer cada día con patatas – habría que sumarle la impotencia en todos los sentidos que respira la película por la falta de empatía hacia los personajes por culpa de:

1) un guión erróneo que se centra más en una incomprensible, aburrida y mal contada trama política que en los propios protagonistas de la historia; y

2) un director, Gus Van Sant, que de tan divo olvida la regla más fundamental: que el cine de autor y todo el cine en general como la mujer del césar no sólo debe ser honrada sino parecerlo y por tanto quien pretende realizar un cine comprometido, reflexivo, autoral y diferente debe enganchar con sus tramas y/o con sus personajes para que las historias lleguen al alma y no quede en absurdas vacilaciones artísticas tendentes a la nada y al olvido.

En Toro salvaje también se narraba una vida, la de Jake La Motta, y se retrataba una época pero Scorsese imprimía genio al drama y daba vida a cada uno de los personajes. En Mi nombre es Harvey Milk, a pesar de Sean Penn, los personajes están muertos mucho antes del drama final y el brillante globo que se hincha en el primer acto – la relación con su chico, la mudanza al barrio gay de San Francisco – se va desinflando durante el segundo acto de tal forma que nos importa muy poco que Milk finalmente gane las elecciones o sea asesinado.

Lo mejor de la película es la mezcla de formatos, el apoyo documental a la trama – ese inicio prodigioso sacado de las videotecas donde los homosexuales son arrestados en bares mientras intentan taparse el rostro para ocultar la vergüenza – y Dan White, el personaje que interpreta Josh Brolin, concejal de derechas y antípodas de Harvey Milk, donde Van Sant acierta por una vez y lo carga de una siniestra ambigüedad sexual sutilmente perfilada.

Mi nombre es Harvey Milk es aburrida y fracasa desmesuradamente en todos sus objetivos quedando desgraciadamente como la crónica triunfal de una reinona – prodigioso Sean Penn – en una fiesta de disfraces de una secta de niñatas.

publicado por Francisco Menchón el 12 enero, 2009

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