Obra llamada a perdurar. El cine como bisturí del desencanto, el fracaso vital, el color gris de la mediocridad. Un lujo de texto, puesta en escena encomiable, dos actores superlativos. Gran talla artística la de Sam Mendes.

★★★★★ Excelente

Revolutionary road

Hay, pulsando las imágenes de esta película extraordinaria, un instinto quirúrgico por desvelar uno de los grandes fiascos del american way of life. Las tinieblas que corroen los pilares del matrimonio en la era moderna han saltado del molde literario de Richard Yates, con toda su carga de simbología yanqui diseccionada durante décadas de obras notables, al cine. No obstante puede extrapolarse a cualquier frontera del mundo occidental lo que Sam Mendes elige como motor de su valiente historia. En cualquier espejismo de placidez marital de cualquiera de los complejos de casas unifamiliares puede estallar, incontenible, un conflicto entre los sueños y la rutina, entre las garantías de un empleo que detestamos y los perfiles brumosos pero irresistibles del deseo.

Uno observa la sutileza del equipaje dramático en este retablo de la frustración y no puede eludir el pellizco en el esófago, tupido de una emoción desprovista de falsas coartadas. Mendes, nobleza en ristre, libera sabiduría y buenos modos y arrambla con el sacrosanto orden de una vida en pareja rasgada por la infelicidad, hecha de desengaño, cincelada a golpes de gris cetrino, el color de la mediocridad servida como desayuno. El agudo interlineado de la novela salpica los espacios íntimos en una relación que, por los pliegues de dos actores superlativos, trasciende el simple retrato de crisis generacional. Toda la carne está en el asador de un registro certero, incisivo y brutal de ese camino moteado de desilusión, la ruta de un viaje postizo por incompleto, por ajustarse al canon de comportamiento que otros patentaron. Y lo aborda el director de forma matizada, nunca traicionado el texto por blanduras de melodrama.

 

Hay más de una superficie para la reflexión en el recuento de baches emocionales y caos vital. Las formas clásicas del embalaje visual encauzan las turbulencias puertas adentro de una existencia sellada por la mentira, si acaso la peor de todas: el engaño a uno mismo. No es difícil adivinar el temblor en esa rutina que las convenciones fuerzan. La sujeción a lo que se considera ortodoxo en el marco de la comunidad, también dentro de la tradición familiar, obra el efecto contrario: todo termina resquebrajándose. Hace falta mucha solvencia narrativa para sortear la llantina tosca en un material de este calado. De hecho se racionan los combates dialécticos en escenas que contienen más electricidad que toda una temporada de engendros televisivos. Es a través del engranaje afectivo, que el tiempo cruel va desgastando, por el que desliza Mendes una desoladora radiografía del conformismo, destapando los resortes a los que aferrarse cuando se llega a esa encrucijada de la edad adulta en que las ambiciones quedan aparcadas en el arcén.El momento de saberse fracasado, víctima de la misma falacia de estabilidad en la que creyeron anteriores generaciones.

Complejo paisaje humano el que, tras aquella AMERICAN BEAUTY (1999) hinchada de mirada cáustica, pincela ahora Mendes con el trazo exacto de una barriada burguesa cuya férrea moralidad se revela, al menos, cuestionable. La puesta en escena -sobria, elegante- vivifica este microuniverso de hábitos asfaltados y césped rasurado, sustentado en máscaras de armonía que no tardarán en desplomarse cuando una de sus homogéneas figuras lo ponga en duda. Los recodos del relato, perturbador como pocos, se hacen materia orgánica gracias a una Kate Winslet poderosa -otra muestra más de su tallaje artístico- y Leo Di Caprio, al fin zambullido en un rol de plena madurez creativa. La mutua conexión entre ambos refuerza un discurso poliédrico, aterrador, sobre las esclavitudes vitales convertidas en monotonía de los días. Lo reflejado, al modo del espejo más elocuente, es el seísmo en la equilibrada línea de puntos por la que moverse aunque uno acabe por no reconocerse. Es una forma de estar en el mundo, de hacer balance del pasado, de imaginar un futuro alternativo, lo que se elige. Y el talento de un artista conocedor de los meandros del alma lo ha plasmado en una obra hermosa, dolorosamente real.

Se atisba cine del grande, de factura memorable, por las contraventanas de tanta lucidez. Un placer que pocas veces se alcanza en una sala oscura.

Lo mejor: Kate Winslet, Leo DiCaprio, Kate Winslet, Leo DiCaprio, Kate Winslet, Leo DiCaprio. Y la solidez narrativa. Y la elegancia visual. Y la progresión dramática. Y todo lo demás. Y Kathy Bates.
Lo peor: Absolutamente nada.
publicado por Tomás Diaz el 15 enero, 2009

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