«»… Y vengo a reclutar»». No puede empezar con una declaración de intenciones más honesta.

★★★☆☆ Buena

Mi nombre es Harvey Milk

"… Y vengo a reclutar". No puede empezar con una declaración de intenciones más honesta.

Harvey Milk fue el primer político abiertamente homosexual que ocupó un alto cargo en San Francisco. Tras abandonar su empleo en Wall Street se mudó a un pequeño barrio donde fundo una tienda con su amante saliendo del armario de forma definitiva. Allí, poco a poco, consiguió dotar a la comunidad de un poder que nunca antes habían conseguido. Tras infructuosos intentos de salir elegido como representante de la zona y ante las reticencias iniciales consiguió ser portavoz de todas las minorías convirtiéndose en todo un modelo a seguir.

Gus Van Sant pretende dar a conocer al personaje y al ser humano que se escondía debajo de su cargo político a través de sus amigos, sus amantes y sus discursos. Y es que Van Sant es siempre una apuesta segura para este tipo de películas. Le gusta desentrañar las penurias y preocupaciones que van más allá de los momentos épicos pero nunca renuncia a un buen discurso, a una buena idea o a una forma de llevar sus ideas al gran público, como el mismo Harvey Milk.

En esta ocasión su vehículo fundamental es el todoterreno Sean Penn y una ristra de buenos amigos. Se nota que el actor y director ha tirado de agenda rescatando colegas y fetiches de sus últimos films con bastante tino como el impecable Josh Brolin que está viviendo un resurgir en su madurez interpretativa o el casi recién llegado Emile Hirsch (Hacia Rutas Salvajes) que promete grandes cosas en el futuro, y el siempre sorprendente (para bien o para mal) James Franco. Sólo hay un fallo de carácter interpretativo que se puede apreciar incluso con mayor dramatismo en la versión doblada y es la aparición de Diego Luna que carga con una cantidad innecesaria de dejes, tópicos y sobreactuaciones que podían haber sido fácilmente solucionables.

Pero la vida de Harvey Milk, a pesar de ser interesante, tiene la misma cadencia que todos los biopics. Empieza rutilante y avanza hacia un final desvelado con demasiada descortesía por Van Sant al inicio de la cinta. Por eso tras una primera parte arriesgada, atrevida y muy entretenida acaba enganchándose en la maquinaria política de sus personajes restándole un poco de cadencia que no acaba de remontar del todo.

A pesar de ello lo que más brilla en todo el asunto es la vida de Milk, un tipo que demostró el los setenta grandes verdades que penosamente siguen estando relegadas en nuestros días. Sólo por eso merece la pena una profunda reflexión tras su visionado.


Lo mejor: Las interpretaciones.
Lo peor: No enganchar el ritmo correcto con una segunda parte política algo estancada.
publicado por Ana Belén Pacheco el 12 febrero, 2009

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