Articulada sobre la poderosa fascinación de la narrativa oral, la fábula como engarce de lo antiguo y lo moderno, Slumdog millionaire es un ameno film que bascula entre lo social y lo dramático, que busca épica y encuentra al final, sobre todo, tedio

★★★☆☆ Buena

Slumdog millionaire

Carlos Sobera. Charles Dickens. Pier Paolo Passolini. Marshall McLuhan. El mérito de Slumdog millionaire es que el espectador de Ucrania sienta los mismos zarandeos emocionales que el de Bolivia. A todos nos une un Carlos Sobera y todos tenemos en el corazón un Oliver Twist. Danny Boyle factura un ameno descenso al sótano de la globalización: se olvida de los tics occidentales y filma a dentelladas, cubriendo el aire con el nervio fugitivo de un artista firmemente convencido de la trascendencia mediática de su obra. Detrás del zoom está la realidad. Debajo del píxel están los académicos de Sunset Boulevard dispuestos a zanjar cualquier discusión sobre la inconveniencia, la impertinencia o la intrascendencia de este nuevo hijo del mercado comunitario. Lo que disgusta de esta sublimación de lo exótico es que, sin merecerlo enteramente, barra, como suele decirse, y abisme a sus competidoras (me falta por ver La boda de Raquel, pero las otras tres –Benjamin Button, Nixon/Frost y The reader – son indiscutiblemente superiores) al olvido. Sólo puede quedar una. En eso quedamos todos los años. La apuesta de 2.009 es un tramposo maratón de cuentos cortos que han sido hilvanados con muy notorio encanto para que el espectador perciba un todo compacto, novelizado, alargado hasta su predecible y ramplón finiquito. En lo demás, en la memoria final de las cosas, quedan escenas sueltas que exhuman cine muy bueno (en general todas esas historias que explican la sapiencia del concursante) al que lastran las sensiblerías de costumbre. El amor, que mueve el cielo y las estrellas, como quería Dante. El amor por encima del azar. Love over gold. Como aquel estupendo disco de Dire Straits tan escasamente comprendido. Escribo a dos días de que los pronósticos se cumplan. Tampoco pasaría nada. Es cine. Peor es la crónica de la pobreza que ese cine en ocasiones arroja al desprevenido consumidor, que está arrebujadito en su butaca de siete euros, a la espera de que los títulos de créditos (éstos bailones, desconcertantes y francamente recomendables) le empujen a la calle a comprobar si es verdad que los sueños existen. –
Lo mejor: Las historias entrecruzadas. El despliegue de imaginación narrativa.
Lo peor: Su final, que adelgaza de interés todo el conjunto.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 21 febrero, 2009

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