Tal vez sea demasiado moderna como para que se convierta en un éxito

★★★☆☆ Buena

Speed Racer

Parece claro que existe un numeroso grupo de críticos que se niegan a aceptar que la época dorada de Hollywood ya es historia y que el cine, como técnica, continúa avanzando sin tener que pedirles permiso.
Está claro que, estos mal llamados críticos cinematográficos, se dirigen a las salas de cine con su pase de prensa de preestreno con la crítica ya escrita de casa según lo que han oído, lo que han leído o lo que les parece el póster de la película. O mejor aún, según quién se encuentre detrás de la cámara.
Admito, que yo mismo cuando ví el trailer en televisión de Speed Racer me quedé un poco parado. A pesar de que las imágenes que habían pasado ante mis ojos estaban llenas de frescura, aquellas mismas imágenes dejaban claro que se trataba de una imaginería puesta al servicio de una historia enfocada al público infantil. O, para ser justos, enfocada a todos los públicos (lo cual quiere decir que debería poder gustar tanto a grandes como a pequeños). Ese enfoque, que en principio no tendría por qué afectar a mi capacidad de juicio, reconozco que si interviene a la hora de seleccionar qué voy a ver y qué no. Lo que me convenció finalmente fue que tanto los intérpretes como el director(es) no fueran especialistas en ese género sino, muy al contrario, fueran solventes profesionales capaces de adaptarse a cualquier tipo de proyecto.
Es curioso que lo que a mí me llamara la atención para pagar mi entrada, el hecho de que los artífices de esta curiosísima adaptación de un anime al cine sean los Wachowski Bros, lejos de ser tomado como un punto a favor por los críticos de los que hablaba antes, tuvo más bien el efecto contrario en ellos. Así pues, no cuesta nada encontrar en las críticas a Speed Racer puyas hacia la trilogía de Matrix tildándola de pretenciosa, de sobrevalorada, etc,… Los mismos críticos que en su día dijeron de aquella que era mala porque no la entendían, ahora quizá avergonzados, lanzan la piedra como venganza ante su ignorancia y su pasmo ante lo nuevo.
Pero esto ya no hay quien lo detenga. Los Wachowski bros, Peter Jackson, David Fincher, Zack Snyder y sobretodo Robert Zemeckis (que tiene mucho más mérito por ser alguien de una generación anterior a la de los otros) ya han sentado las bases de lo que será el cine del futuro. Sencillamente se trata del fin de la artesanía. La desaparición de los oficios cinematográficos tal y como los entendemos hoy. Se trata del ordenador como único instrumento para diseñar, rodar y montar una película.

Cuando las películas tenían que montarse literalmente con tijera y pegamento, la llegada de los ordenadores y los programas de edición de video fue muy bien recibida. Cuando esos mismos ordenadores sirvieron además para que se desarrollara una industria de los efectos especiales que hiciera más creíble algunas secuencias en la gran pantalla, hubo algún rumor de fondo pero en general se permitió su entrada como una concesión al espectáculo. El avance digital, no obstante, no había hecho más que comenzar. Porque ahora cualquiera con un ordenador y una cámara digital graba y monta sus cortometrajes y esa universalización tecnológica ha conseguido que se reduzcan los tiempos y los presupuestos de rodaje del cine de hoy. Así pues ¿cuál es el problema?
El problema está en que hasta hace poco esa tecnología no había suplantado a los conceptos artísticos del cine. No había suplantado al diseño de vestuarios, ni al de decorados, ni a los cámaras, ni al director de fotografía, ni por supuesto a la interpretación.
Pero eso ya se ha acabado.
Sin los ordenadores sería imposible imaginar hacer una película como El señor de los anillos. Una adaptación de semejante obra tan solo era viable en forma de dibujos animados. Determinados movimientos de cámara que un director puede considerar la mejor forma de expresar el tono de una determinada secuencia no podrían llevarse a cabo si no fuera simulándolos con un ordenador. Pero, y he aquí la cuestión, ¿es necesario tener un motivo para hacer cualquiera de estas cosas ayudándose de la tecnología digital? ¿No basta con considerarla el medio más idóneo o aquél con el que se encuentra más cómodo un director?
Hoy por hoy a nadie se le ocurriría coger una vieja cámara de los años cuarenta y tratar de rodar al estilo de Von Steinberg. Quién lo hiciera sería tratado de bicho raro o tendría que enmarcar su película dentro de eso que llaman homenajes. Ahí está el ejemplo del fracaso de crítica y público de El buen Aleman. Entonces, si está claro que el progreso ha dejado aquello atrás, por qué nos negamos a asumir que dicho progreso continúa sin detenerse.
Una de las mejores películas que he visto en los últimos meses no es sino la recreación infográfica de la inmortal leyenda de Beowulf. Me refiero a la adaptación a la gran pantalla que llevó a cabo Robert Zemeckis y que se estrenó hace apenas unos meses. En ella, incluso los actores han sido digitalizados para estar acordes con el mundo en el que tenían que moverse. ¿Por qué hacerlo así? ¿Por qué no rodar la película con los actores reales y en localizaciones reales? Y yo contesto. ¿Y por qué no hacerlo?

Speed racer no es una película convencional. Desde la entradilla de los logos de productora y distribuidora ya nos damos cuenta de que sus responsables han tratado de sumergirnos desde el primer segundo en un mundo muy peculiar. Básicamente, se trata de un auténtico chapuzón en un anime colorista y luminoso, en un dibujo animado, como cuando éramos niños y veíamos aquella series e imaginábamos que éramos los protagonistas (no en vano en la película el hermano pequeño del protagonista y su mascota protagonizan una secuencia en la que imaginan que están dentro de la serie de dibujos que ven).
Por eso la película tiene un tono decididamente infantiloide que la hace asequible a todos los públicos (a pesar de contener una secuencia un pelín dura para los críos como es la de la tortura al piloto asiático a manos de los mafiosos).
Cierto es que, tanta infografía y tanta cámara inquieta, satura al espectador y que las carreras de coches podrían estar mejor rodadas. Son tan vertiginosas (especialmente las que tienen lugar en circuito cerrado) que los coches parecen patinar en lugar de rodar y la pista se retuerce como una serpiente haciendo que perdamos por completo el sentido de la orientación sumergiéndonos en una espiral de color y luz que probablemente nos coloca más cerca de una experiencia alucinógena que cinematográfica.
Pero aun con sus pegas, que las tiene, uno no puede apartar de si la idea de que se encuentra ante algo fresco y especial. Por decirlo claramente. Ante una película con un look que no había visto en ninguna otra. Algo de lo que pueden presumir muy pocos films (Matrix, 300 o la más antigua y pionera Tron, son algunos ejemplos).

No quiero terminar este artículo sin pasar por alto que la mayoría de críticos han hecho especial hincapié en que todos esos efectos están al servicio de una historia muy simple o de un guión poco sólido. Sin embargo, la cartelera está llena de historias simples y guiones absurdos y no parece importarles demasiado. Es como si, ante la nueva ola, buscaran un parapeto y lo encontraran en el argumento. ¿Lo hacen mal los actores? No… ¿Está mal planificada? No, pero… ¿El montaje está mal? Al contrario es brillante y novedoso utilizando esos primeros planos de los actores como cortinillas pero aun así… ¿Bueno pues qué le pasa? La historia, que es muy simple.
Ellos son simples. Ellos son historia.
Lo mejor: Que nunca se ha visto en cine nada igual
Lo peor: La historia es demasiado sencilla
publicado por Javier Paez el 7 abril, 2009

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