Cada uno de los planos, cada uno de los encuadres, cada una de las miradas…habla del amor al cine que siente Almodóvar. Tanta es esa pasión que hace que su última película sólo pueda verse en una sala cinematográfica.

★★★★☆ Muy Buena

Los abrazos rotos

A medida que pasa el tiempo, uno tiene la sensación cada vez que ve una película de Almodóvar que entra en un universo regido por una dialéctica cinéfila de características muy precisas. El director hace cine dentro del cine y, como nunca en LOS ABRAZOS ROTOS, incluso cine de su cine (la prueba más evidente es la analogía entre ‘Maletas y mujeres’ con MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS). Habrá que evaluar si se trata de una actitud puramente narcisista o, por qué no, revisionista de su propia obra. Este último aspecto podría definirse en la siguiente sentencia: el mejor crítico de uno mismo es uno mismo.

Según cuentan Almodóvar está muy pendiente de la crítica cinematográfica después de estrenar cada una de sus películas. Toma nota y aprende. A medida que su filmografía se agranda, es sinónimo de perfección en el universo almodovariano. Un reciclaje exhaustivo, ó re-actualización, de todas las variables que rigen ese orden. Por ejemplo, Penélope Cruz es su nueva versión de musa, entorno a la cuál giran todos los planetas. En su día lo fue Carmen Maura. Tal y como se habla en el mundo taurino, Carmen le dio la alternativa a Penélope en VOLVER. Y Penélope representa otro momento del mundo del cine y, por consiguiente, del cine del director manchego.
Penélope es la actriz española más internacional. El cine de Almodóvar cada vez tiene más peso fuera de sus fronteras (en los últimos suma premios con HABLE CON ELLA y TODO SOBRE MI MADRE) que en su propio país. De este modo, Almodóvar anuncia que ahora es el momento: su próxima película será rodada en inglés. Su cine da un paso coherente.

Volviendo a LOS ABRAZOS ROTOS dos aspectos sobresalen sobre el resto: concentración y fluidez. Supuestamente antagónicos, las dos conviven de forma armoniosa a lo largo del metraje. Consideremos, pues, un síntoma de madurez del cine de Almodóvar. En su última película el cine del director manchego está concentrado. Y eso que la duración de la misma sobrepasa las dos horas. Desde el gazpacho, el rojo pasión, la música de Alberto Iglesias, la fusión de géneros (drama descarnado, thriller de suspense y comedia a modo de epílogo), secundarios de lujo y la breve aparición del hermano productor. Todo lo que nos ofrece el universo del deseo. El otro eje, la fluidez. Un guión apoyado en diálogos precisos y, hasta cierto punto, económicos. En este sentido, la primera hora es prodigiosa. El ritmo se acelera y desacelera manteniendo al espectador sujeto a una historia llena de secretos. La segunda parte aligera desenlaces y, por consiguiente, la narrativa pasa a ser otra: más pesada, melancólica y predecible.

En todo esto, mucho cine. Cada uno de los planos, cada uno de los encuadres, cada una de las miradas…habla del amor al cine que siente Almodóvar. Tanta es esa pasión que hace que su última película sólo pueda verse en una sala cinematográfica.
publicado por José Antonio Bermúdez el 15 octubre, 2009

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