Cenizas del tiempo

Cuando me enteré de que iban a estrenar Cenizas del tiempo, una de las dos películas que me quedaban por ver de la filmografía de Wong Kar-Wai, me dieron muchas ganas de ir al cine. Es ahí donde se tienen que ver las películas del hongkonés, pensé antes de saber que el estreno corría por cuenta del Arteplex y, como pasa seguido en esas salas, se iba a proyectar en dvd ampliado. Bajarla de Taringa fue una buena elección no sólo porque en mi monitor los píxeles se notan menos, sino también porque Cenizas del tiempo es una película que necesita ser vista más de una vez. Sus saltos temporales, sus personajes y sus diálogos crean capas difíciles de perforar en un solo intento. No vi la versión original que se estrenó en 1994 y no sé cuánta mano haya metido Wong Kar-Wai en este redux, pero queda claro que aunque se trate o parezca cine género (el de artes marciales y el western) está trabajando con los mismos temas que dominan su filmografía más conocida. El amor, el desarraigo, los secretos y, cómo no, la memoria y el olvido, ahora se rodean de unas pocas escenas de combate y de un paisaje desértico en el que el protagonista y su casa hacen de centro en medio de la nada. En ese núcleo se cruzan los personajes, que con sus pasados a cuesta y después de haber atravesado un mar de arena, buscan huir del dolor con ayuda de la venganza o el olvido.

Al revés de lo que dicta el cine de artes marciales, sobre todo el de Hollywood, las escenas de combate no son los puntos más altos de la tensión, sino que se cuelan entre las rendijas del dolor y la melancolía de los personajes para liberarla. En las piñas y las patadas Wong Kar-Wai también deja su marca personal cuando no se preocupa demasiado por mostrar a los luchadores de cuerpo entero, como se hace generalmente, para que podamos apreciar toda la coreografía en el cuadro. La coreografía se recorta y con esos planos cerrados, una vez más, todo pasa en el mundo subterráneo de sus personajes.

Hay un problema cuando esos planos se abren al paisaje. La fotografía de Christopher Doyle, que brilla con las luces de la ciudad en Chungking Express y con luz propia en varios de sus trabajos realizados junto al director, por momentos funciona para situar una geografía de sueños y por momentos, en la mezcla y saturación de los colores de un paisaje desértico, parece que los personajes caminaran dentro de un cuadro de esos que pintan artistas callejeros con aerosol en las peatonales de la Costa Atlántica, de un pintoresco gusto turista.

En una primera mirada se hace difícil abstraernos de los colores y del chelo hipnótico de Yo-Yo Ma, pero si en una segunda vuelta logramos escapar un poco al preciosismo de la música y las imágenes nos podemos encontrar con la esencia del director, con la huella de un autor que hace tiempo tiene claro de qué quiere hablar y cómo decirlo.

publicado por Martín Stefanelli el 29 octubre, 2009

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