Sherlock Homes es una bomba de relojería en el mercado del siglo XXI. Una franquicia noble, lúdica, sin insultar ninguna inteligencia, preparada para hacer dinero. ¿El clásico? A recaudo.

★★★☆☆ Buena

Sherlock holmes

Al cine detectivesco, que tiene en Sherlock Holmes al patriarca máximo, al depositario de todas las reverencias, no le conviene en demasía la acción puramente física, pero en el hipotético caso de que ambas congenien, el resultado es el más satisfactorio porque el espectador de intrigas, el que se sienta en su butaca dispuesto a entrar en un juego de pistas y de huellas, de trazos abandonados en la nieve y olores derramados en el aire, le agrada ese vértigo furioso en el que hay persecuciones, enigmas en la sombra y calles mugrientas en donde acecha la muerte. El cine negro matrimonió de forma sublime esa dualidad: todos los detectives que parieron los insignes escritores de raza del género, desde Chandler a Elroy, patearon las calles, sufrieron golpes, los dieron y en muchas ocasiones se encontraron frente a frente con la muerte sin que ese atropello a las raíces intelectuales de la intriga desmadeje el interés. En su extremo palomitero, el cine de acción, incluso el declaradamente malo, incluye ingredientes detectivescos, pequeñas tramas que piden a gritos complicidad. Por eso tal vez Guy Ritchie, al que no veía yo cómodo fuera de su microcosmos de gángster londinenses, casas de apuestas y rollo suburbano, se le ocurrió agitar el tarro de las esencias del más famoso detective del mundo por ver si en ese gesto brusco se mezclaban grumos nuevos. Y he aquí el Sherlock Holmes del siglo XXI: menos interesado en los placeres de la química farmaceútica, desastrado, desaliñado, sin el glamour antiguo, amigo de pendencias y hasta un punto masoquista, reyezuelo de sus vicios, poco o nada interesado en el mundo exterior salvo que ese mundo exterior ofrezca un enigma, un argumento oscuro, un asesino suelto, un robo sin dueño. Este Sherlock espídico o taciturno, obra del moderno slapstick, será un jolgorio óptico para la tropa joven de neófitos en la materia y un modoso, en nada serio, revival del Sherlock del siglo pasado, pero no posee la hondura de la versión de Billy Wilder ni la carga flemática de las versiones clásicas. Tampoco la mirada Disney, que la hay. El detective number one no lleva tweed, ni gorra de visera, desprecia el batín aristocrático en su refugio de Baker Street y no dice una sola vez «Elemantal, querido Watson». En lo demás, la cinta fluctúa entre las concesiones al clásico (ese final razonado, ese gusto por hacer pulcro y esmerado el lenguaje de sus protagonistas) y las tropelías circenses, entre la austeridad social del detective y sus fáciles accesos de showman de salón. Y en esos campos de acción, Ritchie levanta un monumental tributo al cine de evasión, cumpliendo a rajatabla la misión de fundar una franquicia con algunas cartas guardadas en la manga de la productora (Moriarty, en el carruaje, ilusionando a los expertos en materia, creando en los recién llegados ansia de conocimiento). Robert Downey Jr. cumple con creces así como Jude Law. Mark Strong es un malvado desaprovechado: en realidad el argumento no exhibe la enjundia necesaria para que el mal campe a sus anchas. El mal, si está bien escrito, engalana la trama, la eleva. Como aquí estamos en el pastiche, en la recreación lúdica sin lucimiento académico, la historia se fija más en los detalles, en amontonar secuencias enteras a modo de gran videoclip, desatendiendo un más deseable sentido de la coherencia. Nada de esto es obstáculo para que Sherlock Holmes sea una película decente, que se ve con gusto, sin que duelan las pupilas ni uno sienta que los recuerdos han sido ofendidos.
Lo mejor: Sherlock Holmes, Londres vista por Ritchie
Lo peor: Lagunas argumentativas, desinterés en primar lo intelectual sobre lo meramente físico
publicado por Emilio Calvo de Mora el 17 enero, 2010

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