Insuficiente adaptación de la novela de Oscar Wilde

★★☆☆☆ Mediocre

El retrato de Dorian gray

“El Retrato de Dorian Gray”, única novela salida del genio creador de Oscar Wilde, es un espejo, una ventana abierta a los vicios, la hipocresía y la decadencia fin de siècle de la sociedad victoriana; la misma sociedad que condenó al ostracismo y a la cárcel al propio Wilde por hacer alarde público de ese mismo comportamiento, que debía ser ocultado y soterrado a toda costa. Es por ello que “El Retrato de Dorian Gray” es posiblemente la obra más personal y significativa de Oscar Wilde.

Esta nueva versión cuenta con Oliver Parker, un director que conoce la obra de Wilde (es su tercera adaptación del autor, tras “Un Marido Ideal” y “La importancia de llamarse Ernesto”), y con un reparto de brillantes actores británicos, algo imprescindible en cualquier adaptación decente de una obra del genial irlandés; de entre ellos, destaca Colin Firth, excepcional actor que hasta hace poco había sido poco menos que ninguneado por el gran público a pesar de ser uno de los mejores intérpretes de su generación. Su personaje de corruptor absolutamente amoral y victorianamente hipócrita es sin duda lo mejor de una película que a Wilde probablemente no le hubiese gustado nada. Porque no se puede rodar una historia sobre la corrupción moral, el vicio y la maldad -temas capitales de la novela-, y hacerlo con la corrección política y la estrechez de miras con que lo ha hecho Oliver Parker. Probablemente en aras de obtener una clasificación por edades benévola y que le permitiera vender más entradas, Parker ha sacrificado todo aquello que da sentido a la historia: las omisiones y las miradas a otra parte (la mayor parte de las veces que Dorian practica sus numerosos vicios se resuelven mediante montajes rápidos y escenas breves, no vayamos a ofender a nadie) hacen que la película pase de ser la historia de un ser podrido por dentro, a un cuento de redención que no deja satisfecho a nadie. Una vez más, el puritanismo embustero de la sociedad británica le ha ganado el pulso al arte, en cualquiera de sus formas.

De su actor principal, Ben Barnes (más conocido para las audiencias masivas como el Príncipe Caspian de la franquicia “Las Crónicas de Narnia”), poco hay que decir; el muchacho es ciertamente atractivo, y cumple correctamente con su función de oscuro objeto del deseo colectivo. Sin embargo, como la mayoría de intérpretes de su generación, Barnes es incapaz de ofrecer profundidad al personaje, dejándolo en un mero esbozo de lo que podría haber sido en manos de un actor más solvente. No existe la empatía, ni el entendimiento, ni siquiera la justificación, entre el espectador y este Dorian Gray; se le puede desear, pero no amar, ni odiar, porque está tan vacío como ese retrato que le pinta Basil Hallward (un afectado Ben Chaplin).

En una época en la que nos vanagloriamos de haber superado las numerosas hipotecas morales y sociales del victorianismo, “El Retrato de Dorian Gray”, versión 2009, es la prueba fehaciente de que, en realidad, no hemos cambiado tanto desde el lejano siglo XIX. Como Dorian, que mantiene su retrato cubierto con lienzos y cuerdas, preferimos ocultar de nuestra vista aquello que la sociedad bienpensante dice que debería ofendernos, a pesar de que seguimos sintiéndonos fascinados por quien lo practica sin tapujos; nos seguimos tapando los ojos con las manos, pero abriendo los dedos para no perder detalle. En nuestro siglo XXI, Oscar Wilde no hubiese ido a la cárcel por ser homosexual, pero no hay duda de que hubiese seguido siendo un personaje extremadamente incómodo para (casi) todo el mundo. Y le hubiera encantado, qué demonios.

Lo mejor: Colin Firth
Lo peor: Que no respete el original
publicado por Judith Romero Ruiz el 24 junio, 2010

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