Magnífico regreso de Jane Campion al cine que mejor sabe hacer

★★★★★ Excelente

Bright star

El cine de Jane Campion ha sido, en los últimos años, sumamente irregular. Tras la que fue su gran obra, "El Piano" (cinta que se ama o se odia sin términos medios), y su infravalorada adaptación de "Retrato de una dama", vinieron dos obras extrañas, dos notas discordantes en su filmografía: "Holy Smoke", que, a pesar de contar con mi muy admirada Kate Winslet, es una extravaganza hippie que no hay por dónde coger, y "En carne viva", un horror del que baste decir que tiene como cabeza de cartel a Meg Ryan. Afortunadamente, Campion ha vuelto por sus (mejores) fueros con "Bright Star", la narración de la historia de amor entre el poeta John Keats y la que fue su vecina, Fanny Brawne.

El que vaya a ver "Bright Star" esperando un biopic al uso va a salir francamente decepcionado. A pesar de contar la historia de dos personas reales, la película evita en buena medida los lugares comunes del cine biográfico: su atención a los rostros de los actores, en detrimento muchas veces de la dirección artística (espléndida por otra parte), convierte a los personajes en seres cercanos para el espectador, personas con quienes puede empatizar, por las que puede sentir aprecio o simpatía, pero que también le pueden causar rechazo o lástima. Lo que nos cuenta no es nada nuevo, pero sí lo es la forma de contarlo: la historia de amor de Keats y Fanny no se mueve en el terreno del romance arrebatado y novelesco de Hollywood, sino en el plano intimista y sentimental del cine británico más academicista. Quizá sea algo cursi, sí, pero es la cursilería deliciosa y elegante de Jane Austen (lamentablemente, y dadas las circunstancias, sin su sentido del humor), no la hortera y groseramente kitsch de las novelas Harlequín (así, con hache).

Que no os eche para atrás la mención al cine academicista. "Bright Star" entra sin duda en esa definición pero, a diferencia de las películas de James Ivory, mantiene una frescura, una espontaneidad y, sobre todo, una sensualidad implícita en sus planos que el firmante de "Regreso a Howards End" nunca ha conseguido. En buena parte gracias a un guión sin ampulosidades, que deja las subtramas aparte y se centra en lo que da sentido a la película (la relación entre Keats y Fanny), y también gracias a su extraordinario trabajo actoral, donde ingleses, australianos y estadounidenses convergen sin que haya entre ellos ninguna de esas pretendidas diferencias de calidad que muchas veces se mencionan al hablar de los diferentes estilos interpretativos de cada país.

De entre ellos, brilla con luz propia Abbie Cornish, actriz que merece mejor suerte de la que ha tenido hasta ahora, y que aporta a su Fanny Brawne una fuerza y una luminosidad interior que empapa toda la película de principio a fin. Ello contrasta poderosamente con la fragilidad que irradia Ben Whishaw, espléndido prestando a Keats su físico delicado, pero de poderosa presencia escénica (como ya demostró con su extraordinario Jean-Baptiste Grenouille de "El Perfume. Historia de un asesino"). Como tercer vértice de este extraño triángulo encontramos a Paul Schneider ("Lars y una chica de verdad"), quien tiene la dura tarea de aportar al personaje más negativo de la historia, Charles Brown, amigo de Keats cuyo carácter sarcástico y sobreprotector del poeta le convertirá en el escollo a salvar por los dos enamorados, sólo para darse cuenta (demasiado tarde, como suele pasar), que a la hora de la verdad no ha estado a la altura de las circunstancias.

Ellos tres (pero sobre todo Cornish y Whishaw) son el alma central de "Bright Star". Rodeados de una dirección artística tan brillante como tradicionalista, de una banda sonora por la que casi se pasa de puntillas, y por una fotografía espléndida, que pasa del minimalismo sombrío de los interiores a la explosión de colores de las secuencias en exterior, componen una película de la que muchos directores y actores supuestamente de prestigio deberían aprender. Un delicado tapiz (o bordado, quizá) de sentimientos puros, que no pretende ser más grande que la vida, pero que deja un regusto nostálgico y agridulce, un pesar tan agradable, tal vez, como el que afligía a John Keats y a sus compañeros de generación en el ya lejano Romanticismo del XIX. 

 

Lo mejor: Todo, con mención especial para Abbie Cornish y Ben Whishaw
Lo peor: Que pueda tomarse por una película formalista o un biopic al uso
publicado por Judith Romero Ruiz el 8 septiembre, 2010

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