Innecesario remake que, a pesar de todo, consigue algunos apuntes interesantes…

★★★☆☆ Buena

Déjame entrar (let me in)

Es absurdo rehacer cosas que son perfectas tal y como están, pero Hollywood parece tener una querencia especial por dicha técnica. El último caso es el de la cinta sueca "Déjame entrar" ("Lat den rätte komma in", Tomas Alfredson, 2008), posiblemente una de las mejores películas de los últimos años. Apenas dos años después del estreno del original, nos llega este remake que, si bien no es tan lamentable como otras versiones americanas que nos han llegado recientemente, está muy lejos de poder compararse con el original.

El principal valor de "Déjame Entrar", versión USA, son sin duda sus dos jóvenes protagonistas, Kodi Smit-McPhee (el hijo de Viggo Mortensen en "La Carretera") y Chloë Grace Moretz (la extraordinaria Hit Girl de "Kick-Ass"). Ambos cargan la película sobre sus espaldas, aguantando el tirón de estar permanentemente en pantalla con notable solvencia (especialmente en el caso de McPhee, presente en el 80% de los planos de la película). Sin embargo, sus interpretaciones carecen de la intensidad dramática de las de sus homólogos suecos, Kare Hederbrant y Lina Leandersson, y, en el caso concreto de Chloë Moretz, no posee ni de lejos la enorme presencia escénica de la que Leandersson hizo gala en la cinta original. Tal vez es un problema de apariencia física (Moretz tiene un aspecto mucho más "dulce" que Leandersson), pero lo cierto es que no consigue captar la atención del espectador de la forma en que lo hizo su predecesora.

La película en sí es una adaptación bastante decente, no de la cinta sueca, sino de la novela de John Ajvide Lindqvist que le sirvió de base. Cambiando ciertas cosas aquí y allá, y manteniendo las escenas clave, consigue una historia que habría sido notable de no contar con la alargada sombra del original planeando en todo momento sobre ella. Para cualquiera que haya visto la versión de Tomas Alfredson, la película de Matt Reeves carece por completo de efecto sorpresa -y creo que quien la haya visto sabe a qué me refiero-; pero es que, además, la tensión dramática también se ha visto enormemente reducida, entre otras cosas porque se soslayan temas excesivamente espinosos para el espectador americano, como la pederastia (apenas hay un vago apunte de las motivaciones del personaje de Richard Jenkins), la homosexualidad (el personaje del padre del protagonista ha sido eliminado, y tan sólo oímos su voz en una breve conversación telefónica) o la verdadera naturaleza de la vampira. Tan sólo el bullying se trata abiertamente -no es que hubiesen más opciones-, y donde Alfredson conseguía angustiar y transmitir todo el dolor y el miedo que padecen las víctimas de los abusos escolares, Reeves sólo consigue mostrar un tópico.

Pero si hay un punto en el que este "Déjame Entrar" patina es, sin duda, en el uso de la pirotecnia. Es una frase muy sobada eso de que los americanos no conocen el arte de la sugestión, y que cuando tienen algo entre manos tienen que enseñarlo sí o sí. Lamentablemente, en este caso, el tópico vuelve a ser cierto: un maquillaje innecesario, un CGI acelerado y bastante burdo, y un abuso total de la hemoglobina (produce la Hammer, no lo olvidemos), mandan las sutilezas a hacer puñetas y nos enseñan bien a la vampira en todo su terrorífico esplendor. Y, sin embargo, una escena como la del primer ataque de Eli/Abby bajo un puente resulta muchísimo más perturbadora y malrrollera cuando no conseguimos ver bien lo que pasa y sólo oímos gritos y gruñidos. Sin saltos, salpicaduras, dientes de pega ni lentillas blancas.

No todo es malo en "Let Me In (Déjame Entrar)". A su favor están, además de sus dos jóvenes actores, la elegancia formal de Matt Reeves (que consigue dar un estilo visual propio a la cinta), la espléndida fotografía de Greig Fraser (responsable también de otra magnífica dirección de fotografía este año, la de"Bright Star") y la banda sonora del oscarizado Michael Giacchino, otro de los protegidos de J.J. Abrams. Sin embargo, una no puede evitar la sensación de que se trata de algo innecesario, de que los talentos de Reeves, McPhee y Moretz podían haber sido mejor empleados que en rehacer algo que no necesitaba de relecturas, revisiones ni retoques.

Lo mejor: La consagración de Chloë Moretz y Kodi Smit-McPhee como cabeceras de un reparto
Lo peor: Es una película que no hacía ninguna falta
publicado por Judith Romero Ruiz el 17 octubre, 2010

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