Sufrible, pero desangelada historia de supervivencia contada con innegables dosis de nervio, que decae según avanza hasta que se despeña en el más absoluto tedio.

★★☆☆☆ Mediocre

127 horas (127 hours)

No me fascinan las historias que se escudan en el espíritu de supervivencia del hombre, en la primacía absoluta del instinto, en cómo las circunstancias, incluso las más adversas, se pliegan ante el determinismo del alma humana. Admito la pedagogía, entiendo la necesidad de ciertas narraciones morales, asumo que el público, casi cualquier tipo de público, requiere de tiempo en tiempo una buena ración de heroísmo para sobrellevar el pesado fardo de la rutina. Danny Boyle, el director con un Oscar Danny Boyle, ha tirado de su estrellato en Hollywood y se ha dejado caer con una de esas historias más grandes que la vida que el público americano (casi cualquier tipo de público americano) recibe entusiasmado y transforma en parte de sus propias vidas.
Nada que objetar a la proeza del hombre enfrentado a los rigores de la naturaleza. No hay argumentos que rebajen la audacia y el ingenio a la hora de salvar el pellejo, pero si se registra ese coraje en fotogramas hay que saber administrar el suspense. Boyle se estrella en la roca fatídica y se dedica durante hora y algo a filmar la historia de un brazo y de su truculento sacrificio. La historia real del alpinista Aron Ralston, atrapado en una grieta de un cañón, es cine legítimo: lo que deslegitima la obra de Boyle y la reduce a una extravagancia semidocumental es la esencia misma del relato: su esclavitud paisajística, su previsibilidad narrativa. Y eso a pesar de que el director, consciente de la cortedad de su proyecto, del reducido alcance de su puesta en escena, se obstine en mover una cámara subjetiva y filme con empeño casi cinegético la travesía del dolor de un hombre, ya decimos, abocado a morir y resueltamente rescatado por ese coraje primario al que Boyle concede todos sus recursos como director.
Coincido con el propio comentario de Boyle acerca de su película: venía a decir que sin James Franco, al que iguala a Pacino o De Niro, la cinta sería una mierda. Literalmente. Yo no llego a tanto: hay en su hora y media momentos líricos (los primeros quince minutos son buen cine y hacen albergar esperanzas) y hay escabrosas soluciones que nada aportan al lucimiento de la trama ni a la creatividad del que la dirige (la realidad evocada, la minimalista – y bochornosa – puesta en escena al más puro estilo National Geographic) Pero Boyle se despeña igual que su protagonista: se queda atrapado en una pedrusco cinematográfico que, sin ser horroroso, sin caer en la vergüenza, la bordea, se sitúa en un límite y pide a gritos que el brazo se pudra en la grieta y el pobre Ralston cuente al mundo su hazaña. Contada está. A hacer caja, vamos.
Lo mejor: James Franco, que no es Pacino ni del Niro, por mucho que quiera Boyle, pero démosle tiempo al muchacho...
Lo peor: La pinta mtv awards, la pinta Oscar guay porque yo me lo merezco y soy el tío más cojonudo del orbe
publicado por Emilio Calvo de Mora el 12 febrero, 2011

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