Un experimento visual y narrativo infructuoso que no cansa, pero que tampoco atrae

★★☆☆☆ Mediocre

My blueberry nights

Sinopsis.

Elizabeth (personaje interpretado por Norah Jones) es una joven que vive en Nueva York y  que ha de enfrentarse al final de una relación sentimental difícil. Es entonces cuando comienza un viaje de reconquista de sí misma y de reafirmación cuya primera parada es el bar-pastelería de Jeremy (personaje al que da vida Jude Law). Desde allí emprenderá su camino, el cual le conducirá a diferentes ciudades, en las que desempeñará distintos  trabajos y conocerá a personajes de diversa índole, que estarán a su lado, de una u otra forma, en el proceso introspectivo. No obstante, por muy lejos que se encuentre, siempre tendrá un hueco para escribir una carta a Jeremey, quien no la ha olvidado.

Crítica.

Recorremos la vieja filmoteca en busca de algo que nos ayude a pasar el rato y encontramos esta jugosa tarta de arándanos del director chino Wong Kar-Wai.

Estamos ante una historia modesta tanto en pretensiones como en duración, ya que sus apenas noventa minutos de extensión favorecen la ausencia de bostezos y de pesadez de estómago después de haber engullido una gran tarta rica en luz, color y gominolas, pero falta de alimento cinematográfico útil.

El guión trata de reflejar la reconquista personal de una mujer que busca reencontrarse a si misma, para lo cual no duda en romper con su actual vida y emprender un viaje de reconciliación con su yo interno. Un personaje que se  ha de ir completando con las experiencias externas que le van modelando y dando forma, o por lo menos entreteniendo, hasta que ese verdadero "yo" sea sustancial y con cuerpo suficiente como para emerger por sí mismo y asentarse. Para ello, tanto el guión, como la dirección y el montaje no vacilan en crear una especie de "road movie" (a modo de camino) centrada en el personaje de Norah Jones, a través del cual se conduce una cinta de historias cruzadas.

Es un bonito experimento estético (algo osado también) y narrativo que atiborra pero no llena. No acaba de convencernos. Trata de ahondar en la intimidad de la persona, en su fondo, pero se queda en la primera capa. Una primera lámina llena de azúcar, de color y cierta maestría visual, que si bien es dulce y agradable, se vuelve empalagosa y a veces extraña y confusa, debido a lo arriesgado del plano, de la posición de la cámara, de la fotografía e incluso del montaje. Gracias a que es breve, no nos provoca una diabetes crónica.

Se busca un aire hipnótico que te envuelva y te atrape, arrastrándote a un supuesto intimismo, perseguido por la cinta, si bien lo único que se consigue es un efecto sedante y adormecedor que por momentos aburre.

Destacables son la banda sonora, cierta fuerza en las interpretaciones, el color y un David Strathairn glorioso. Como pecados destacaremos el anhelo perseguido y no conseguido de la intimidad más propia de la persona y de un romanticismo (concentrado de alguna forma en la fuerza de un beso), que nunca acaban de enganchar y emocionar. Podríamos decir que tenemos entremeses y postres, pero que del primer y del segundo plato se olvidaron.

No obstante y pese a todo, desde nuestra ignorancia aplaudimos las apuestas arriesgadas y los productos innovadores, que buscan nuevos horizontes y nuevas formas. Unas veces mejor, otras peor, pero si no se intenta no se puede conseguir. Suspende, pero por poco…es un camino.

Nota general.

4,0 sobre 10

publicado por Lucas Liz el 9 mayo, 2012

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