McClaine ha perdido su gancho y lo ha cambiado por explosiones imposibles

★☆☆☆☆ Pésima

La jungla: un buen dí­a para morir

El día 15 de febrero se estrena en España la nueva entrega de la mítica saga de La jungla de cristal (Die Hard) protagonizada por Bruce Willis. Esta es la quinta película protagonizada por el policía neoyorquino John McClaine, que siempre ha tenido el don de la ubicuidad en lo que a líos con terroristas se ha dicho: Primero fue en el Nakatomi Plaza, el aeropuerto Internacional Dulles, la ciudad de Nueva York,…

En este caso, McClaine nos llevará a la corrupta Rusia (de nuevo los ruso/soviéticos son los malos de las pelis de acción) para reencontrarse con su hijo, John McClaine Jr (Jai Courtney, Varro de la serie Spartacus) acusado y encarcelado en Moscú por atacar a alguien de forma muy sospechosa, y que lo sitúa junto a otro preso, Yuri Komarov (Sebastian Koch, de La vida de los otros y Valkiria), un empresario ruso, imputado en caso turbio con bastantes implicaciones desconocidas hasta el momento. Pronto todos sus caminos se unirán e incluirán a Irina (Yuliya Snigir) la hija de Komarov en la búsqueda de un informe que implica al futuro primer ministro ruso. El director del film, John Moore, ya nos “deleitó” con la versión fílmica del juego Max Payne y parece que nunca perdió la idea de seguir haciendo películas de estilo videojuego.

Una vez hecha la ficha y declarándome fan de las tres primeras películas (sé que puede sonar a cliché, pero es cierto) creo que esta nueva vuelta de rosca al personaje de McClaine, sobraba (incluso más que la anterior). Parece que con el exitoso retorno entre el mundo freak de los clásicos del cine de acción con The Expendables, se hacía obligatoria una vuelta de Willis al papel del irónico policía. Lo malo es que han acabado con el aura que tenía en las anteriores películas, y lo sobrecargan con chistes sobre la edad (al estilo Arma Letal), “Yo estoy de vacaciones” y con la chulesca relación padre-hijo. Todo ello rodeado de un estilo de rodaje a lo Michael Bay donde todo en esta película explota o se puede destrozar. Los helicópteros hiperdesarrollados, los choques inverosímiles, las armas gigantescas o las múltiples explosiones surgen como setas en la trama, sin por ello provocar en los dos protagonistas cualquier herida que los haga reposar o les deje marca (Srs de la DGT nunca contraten al nuevo McClaine para sus anuncios).

Como ya he comentado, todo este lío saturante rompe con lo “bonito” del personaje de B. Willis de las primeras sagas, cuando lo veíamos herido, sangriento, con sólo una camiseta marca Imperio y encontrando la forma de decir “Yipikayei motherfuckers” al malo de turno (y nosotros ovacionarlo), pero no en este caso. Sólo la pícara sonrisa de Willis consigue recordarnos quién es y qué hace ahí, permitiéndonos obviar al cachas de su hijo con su gran aporte a la actuación en forma de cara de palo.

En conclusión, esta quinta entrega no sirve ni para cine palomitero tan pareciado un sábado por la noche, ya que hasta al más “fan de los fanes” le parecerá sobrecargada, inverosímil hasta el hastío (sólo le ha faltado un dinosaurio con un láser en la cabeza), incluso para el Sr McClaine.

Lo mejor: Recordar el mito mientras la ves
Lo peor: Ver en qué se ha convertido una buena saga
publicado por David Martínez Llamas el 14 febrero, 2013

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