La verdad siempre se escribe en plural. Una película necesaria –impensable en la América de Bush-, que bien podría animar el espíritu conciliador en esta España nuestra tan desmemoriada con su historia y tan susceptible al yo soy de Pedro, yo soy de

★★★★☆ Muy Buena

Cartas desde Iwo Jima

Si Banderas de nuestros padres discurría en continuadas fragmentaciones temporales que bailaban entre la realidad (la del aciago campo de batalla) y el simulacro (el orquestado por los poderes fácticos del momento), Cartas desde Iwo Jima se decanta por presentar un montaje más lineal –y no por ello menos discursivo en sus planteamientos antibelicistas y en la presencia siempre recurrente de la memoria de los que cayeron en la isla (esta vez desde las cartas que inútilmente se esforzaron por mandar a sus familias)-, a ritmo de vals, como un pausado oleaje (para quien no vaya motivado, dos horas y media se le hará marejada) que sin perder los pies en la isla, evoca a través de las cartas y las cortas escenas sobre la vida pasada de algunos personajes el lado humano de la contienda en el Pacífico, con el fin (común a ambas películas) de desarticular cualquier ideología que conduzca a perpetuar la versión maniquea y manida del héroe de guerra, y a su vez redimensionar la verdadera (o por lo menos la que nos regala Eastwood) entidad de la heroicidad –las más de las veces involuntaria y casual- del soldado. Este incesante esfuerzo deconstructor es y de seguro seguirá siendo una eficaz y madura impronta en la filmografía de este excelente realizador.

Ahora bien, lo que en Banderas de nuestros padres era una crítica directa a la farsa política montada en torno a los héroes que volvieron de Iwo Jima, aquí se declina Eastwood por un análisis más sutil y poético del absurdo de la guerra, centrándose en la recreación del suceso desde el ángulo japonés, o más bien, buscando una sincera empatía con las vivencias del soldado nipón que resistió el embate de las fuerzas norteamericanas, pero en absoluto carente de crítica al modelo de honor japonés (con el seppuku o suicidio por deshonor como telón de fondo) y, a su vez, de autocrítica al olvido norteamericano de una historia que les vendieron (y nos vendieron a nosotros también indirectamente) como de buenos y malos, a través de las películas bélicas de postguerra. No hay que olvidar la patriótica Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima), en la que un John Wayne tranquilo como siempre salva a América de los malditos charlies, mientras despide con estoica pena a sus moribundos soldados y clava la banderita en to’ lo alto del monte Suribachi. Porque de la insufrible Pearl Harbor (Michael Bay, 2001) ni hablamos, ¿verdad?

De hecho, pocos ejemplos tenemos en la historia del cine que se hayan atrevido a acercarse al punto de vista japonés con respeto y despropósitos ideológicos. Cabe citar películas recientes como El imperio del sol, de Steven Spielberg (que coproduce la película de la que hablamos), en la que un joven Christian Bale observa con admiración y curiosidad a los soldados japoneses y sus lustrados aviones desde su confinamiento en un campo de concentración. O la ya mítica y no tan lejana en la memoria Feliz Navidad, Mr. Lawrence, del japonés Nagisa Oshima, donde –desde la mirada desprejuiciada de un soldado británico, interpretado con soltura por David Bowie- ya se da, como en Cartas desde Iwo Jima, un enfoque antropológico acerca el honor japonés y el sentido del suicidio, sólo que esta vez sin el calado crítico que Eastwood subraya al describir las graves consecuencias deshumanizadoras de las costumbres ancestrales niponas. En El puente sobre el río Kwai, de David Lean, aunque en menor medida y con claro posicionamiento ideológico, vemos cómo también se nos presenta al ejército japonés humanizado y comprensible en sus acciones, en un tira y afloja que conducirá hacia el conocido final.

Sin embargo, no hay olvidar que Cartas de Iwo Jima es una película realizada por un norteamericano y enfocada a priori para que la visionen primeramente sus conciudadanos, y después el resto del llamado mundo libre. No es enteramente un enfoque japonés. Pero esto no hace sino subrayar la valentía de una narración que sin pudor retrata al otro (hasta hace poco el enemigo) con un rigor y un respeto que revelan las intenciones universales de Eastwood. Para ello se utiliza como puente cultural a los personajes del general Kuribayashi (un Watanabe portentoso) y del olímpico y vitalista barón Nishi. Ambos hacen de cómplices del espectador occidental, con los que poder identificar sus valores y a su vez acercarse a los conflictos propios de los personajes japoneses. Por su parte, el asustado panadero, Saigo, sirve de hilo conductor de toda la trama –con el que identificar el desarraigo que produce sobre los seres humanos toda guerra y la necesidad de vivir que alienta en quienes la padecen- y a su vez será la mano inocente que hará posible que las cartas enterradas por el tiempo y el olvido histórico sean recuperadas para que nosotros mismos no olvidemos que tras el horror vivido sólo quedan esos fragmentos cotidianos a modo de deseos que rellenan nuestra vida (un perro que se escapa, espantando a las gallinas del vecino; o una madre que pide a su hijo que sólo haga lo correcto y se proteja de las balas). Nunca dejamos de ser humanos, pese al espanto de la guerra. El primer diálogo de la película abre con la siguiente sentencia del panadero Saigo:

"Esta isla no tiene nada de sagrada, por mí que se la queden los norteamericanos".

Igualmente sugerente es la historia del ex-policía militar Shimizu, que como Saigo no resiste los absurdos que fabrica indiscriminadamente todo conflicto bélico. Por eso, Shimizu es incapaz de matar al perro –y cuánto menos a un ser humano-. Por su parte, el personaje del estricto teniente Ito se revela como un patético esperpento del despechugado coraje marcial –una versión nipona y desmejorada de John Wayne-, para quien si su destino es inmolarse a mayor gloria del emperador, será el mismo destino quien le rehúya y desprecie su sacrificio.

Es este juego de muñecas rusas a modo de pequeños relatos, colocados en pequeñas pinceladas sobre el tapiz general de la trama, el que enriquece de manera más lúcida y hermosa Cartas desde Iwo Jima. Junto a ello disfrutamos también de una más que idónea fotografía filtrada en tonos azulados -sulfúreos como los de la isla volcánica-, casi en blanco y negro (el color de los recuerdos de aquellos combatientes). Eastwood sabe lo que hace, y coloca la cámara en el lugar justo donde contar sólo lo que desea, sin más detalles que nos despisten. Los planos generales de la isla son muy hermosos, y acolchan la tensión de las escenas en los túneles.

Cartas desde Iwo Jima es una película necesaria –impensable en la América de Bush-, que bien podría animar el espíritu conciliador en esta España nuestra tan desmemoriada con su historia y tan susceptible al yo soy de Pedro, yo soy de Juan. La filmografía de Eastwood está decidida a desatornillar, a base de humanismo sin dobleces, tópicos y prejuicios del viejo siglo veinte, donde los seres humanos son fragmentados en buenos y malos por intereses creados, ideologías corrosivas, y sobre todo por nuestro propio miedo a buscar la verdad, pelá y mondá, sin aditivos.
publicado por Ramón Besonías el 21 marzo, 2007

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