Muy por encima de lo espectacular y palomitero, The host exorciza con eficacia los miedos y deseos de la sociedad contemporánea coreana, inoculados por el virus mortífero de la desidia y la desesperanza.

★★★★☆ Muy Buena

The host

Apaga la tele y comamos a gusto!

El género de terror nos ha dado escasos pero excepcionales momentos de buen cine político –en mi memoria están La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) o La invasión de los ladrones de cuerpos (Siegel, 1956), y también la inestimable M, el vampiro de Düsseldorf (Lang, 1931)-, que si bien podrían no sintonizar con la sensibilidad de un público nada receptivo a ligar buen espectáculo con metáfora intelectual, por lo menos el disfrute por la puesta en escena siempre lo vamos a agradecer. Es el caso de The host, una más que buena película política, y una no menos convincente y disfrutable (a ratos, pero ¡qué ratos!) película de terror.

Ya en Crónica de un asesino en serie, Joon-Ho (no confundirle, por favor, con John Woo) nos demostraba que sabía conjugar con inteligencia un thriller con intenciones que traspasan los temas peregrinos de ese género adolescente, para regalarnos una obra que destila sin fuegos de artificio una feroz crítica al retraso y corrupción institucionales que vive su país, Corea del Sur. Sin embargo, mientras que en aquella ocasión Joon-Ho conduce su narración hacia un relato poético y amargo, sin ofrecernos esperanzas o refugios a los que asir nuestro ánimo, en The host parece convencido en que sólo desde abajo, desde la construcción de una verdadera ciudadanía activa, puede su país atacar al Leviatán que adormece y convence de que la mejor opción es callar y esperar a que el virus (inexistente, por cierto) del retraso y del derrotismo se disipe.

En este sentido, la familia protagonista representada en la película deviene como una metáfora plural y lúcida sobre el estado de ánimo del ciudadano coreano: el padre torpe, aniñado y casi siempre dormido; el licenciado en paro, idealista y avergonzado de su empobrecida familia; la hermana medallista, que actúa siempre tarde, condenada al triste bronce… Y la niña, esa niña presentada por el director como la más capaz de morder a la bestia desde dentro y sin acobardarse, es la esperanza de una Corea tan adormecida como su protagonista, tan convencida de su inutilidad como ese padre despertado tan sólo por la tragedia de ver morir a su hija…

Igual que en su anterior película, el realizador coreano mete sin sutileza varios dedos en la llaga sobre la situación en su país. Sólo el arranque y el cierre de esta película lo dicen todo. Un funcionario traído del aliado y envidiado Estados Unidos –es digno de Charlot la escena en la que el equipo médico se cuadra y simula eficacia al ver cómo llega su homólogo americano- es (no lo olvidemos) el desencadenante de la tragedia, sumado al sentimiento de inferioridad y el adocenamiento del ciudadano coreano. La postura del director respecto al intervencionismo americano es muy clara, así como lo es también la visión de unas instituciones frágiles, corruptas y poco profesionales, que maquillan la realidad. A este respecto, apréciese la causticidad de la escena en la que el funcionario enfundado en su mono amarillo enciende la televisión para informar a los afectados.

The host no puede por tanto ser tomada como una película de terror al uso (americano), aunque escenas como el ataque de la bestia en el parque o las terroríficas regurgitaciones del animal en el pozo del alcantarillado sean dignas de Tiburón o Alien (así es como nos presentan esta película los carteles y vídeos promocionales). Muy por encima de lo espectacular y palomitero (que ya por sólo estas razones es una propuesta estupenda para disfrutar de dos horas sabáticas), The host exorciza con eficacia los miedos y deseos de la sociedad contemporánea coreana, y por extensión, como ya lo hiciera la estilizada V de vendetta, de todas los países occidentales (y occidentalizados), inoculados por el virus mortífero de la desidia y la desesperanza. Quizá lo más hermoso de la película sea la escena en la que el padre (la familia entera) lucha por sacar de las entrañas de la bestia a su hija. Y esa lluvia que lo envuelve todo en las películas de Joon-Ho, como lavando, a quienes empapa, de la oscuridad que los envuelve (en la iconografía oriental el agua parece poseer esa doble función de mensajera de la fatalidad –véase The ring o Dark water-, y a su vez restituidora del orden). Y ese padre, acercándose al niño que su hija rescató y que él mismo adoptará como suyo. Y, sobre todo, ese final iconoclasta e irónico, digno de Billy Wilder.
publicado por Ramón Besonías el 9 marzo, 2007

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.