Ideal para un consumo rápido y, de paso, remover alguna conciencia, entre palomita y palomita.

★★☆☆☆ Mediocre

Diamante de sangre

Hace años que el cine abandonó esa mirada idílica de África, la de un pozo de misterio y misticismo, y la de un continente fascinante con grandes espacios abiertos y paisajes repletos de exotismo y peligros. Era el África aventurera y romántica que, a partir de los años setenta y ochenta, fue dando paso a otro tipo de tratamiento: el de la denuncia y el drama de sus habitantes.
Hace un par de temporadas tuvimos una buena dosis de las atrocidades que se cometían, en interminables guerras civiles, con “Hotel Rwanda”; y el año pasado fue “El jardinero fiel” la que nos hizo abrir los ojos sobre otro hecho salvaje y criminal: la de utilizar a su población como cobayas para las grandes industrias farmacéuticas. Pero, como ya se encargaron de afirmar los personajes de una y otra película, lo que ocurra a África, y los africanos, no le importa a (casi) nadie.

También uno de los políticos que aparecen en “Diamante de sangre” expone al principio que: “La triste historia de África es que siempre que se encuentra algo de valor sus habitantes sufren y mueren en la miseria. Esto ha sucedido con el marfil, con el gaucho, con el oro y el petroleo. Y ahora con los diamantes”. Y el recurso de los esclavos durante décadas, añadiría yo.

Explotacion infantil.

El 1 de diciembre del 2000, la Asamblea general de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad una resolución para intentar poner freno al comercio de los dimantes en bruto llamados “de zonas en conflicto”, sobre todo los procedentes de Angola o de Sierra Leona. Los grupos rebeldes al gobierno los utilizaban para financiar su sangrienta revolución.
Y ello contando el drama de millares de niños utilizados tanto como esclavos en larguísimas jornadas de trabajo extrayendo piedras preciosas, como los niños reclutados como soldados de las milicias. Al respecto, uno de los mejores y más recientes clamores de denuncia procedente del mundo del espectáculo ha sido la excelente canción “Diamonds from Sierra Leona”, del no menos genial rapero Kanye West (y que empieza con un ‘sample’ de la canción de Shirley Bassey para el “Diamantes para la eternidad”, del James Bond de 1971).

Y aquí reside también lo mejor de la película de Edward Zwick, ese intento de denuncia, y el aunar aventura y compromiso recurriendo a un formato de superproducción hollywoodiense cuya lista de protagonistas está encabezada por dos estrellas del calibre de Leonardo DiCaprio y Jennifer Connelly, para procurar llegar al mayor número de público posible. Otro tema es si la película raya a la misma altura.

‘Fast-food’ tranquilizador.

Zwick orquesta una trama de codidias en torno a un enorme diamante rosa que ha encontrado Solomon Vandy (Djimon Hounsou), un nativo que sólo desea reunir de nuevo a su esposa e hijos de los que fue separado; y la inesperada alianza que hallará en un blanco, Danny Archer (DiCaprio), nacido también en Sierra Leona, y un mercenario en apariencia sin escrúpulos, a quien sólo le interesa esa piedra preciosa en cuestión, pero que irá tomando partido a lo largo de su periplo con Solomon, y el encontronazo con una bella periodista (Jennifer Connelly), que intenta desenmascarar la tragedia de ese pueblo.

El lavado de cerebro, con consignas de liberación y drogas, incluso obligado a probar la sangre, del hijo de Solomon, y el objetivo de rescatarle de las garras de los revolucionarios, se torna el eje principal de concienciación y denuncia, junto a los intereses consumistas que ayudan a explotar y hundir más ese país.

Pero la película se desarrolla de manera rutinaria, con diálogos repletos de tópicos, con personajes tan unidimensionales como el de la misma reportera, o los villanos que van apareciendo. Un metraje extenuante y una factura de calidad, pero que sigue las más anodinas pautas del más trillado entretenimiento que a la vez desea ser comprometido y tranquilizador. Que quede impactante, pero bonito; con sus momentos de dramatismo bien calculados, distanciándose de los verdaderos protagonistas de la tragedia, e ideal para un consumo rápido y, de paso, remover alguna conciencia, entre palomita y palomita.
publicado por Carles el 6 marzo, 2007

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