Las sandeces del cine coreano corren el riesgo de gustarnos por el simple motivo de que no son las sandeces del cine americano. Yo prefiero no ir corriendo a colgar trofeos cada vez que veo a dos señores de ojos rasgados comiéndo una sopa instantánea

★★☆☆☆ Mediocre

The host

Las sandeces del cine coreano corren el riesgo de gustarnos por el simple motivo de que no son las sandeces del cine americano. Yo prefiero no ir corriendo a colgar trofeos cada vez que veo a dos señores de ojos rasgados comiéndo una sopa instantánea con palillos por el hecho de que aquí usemos cuchara.

El protagonista, al que llamaré el protagonista porque nadie es capaz de recordar un nombre coreano, es un tipo de perdedor realmente patético. Teñido de rubio, con un empleo mísero en un puesto de golosinas, dormido todo el día, cuida de de una hija que ejerce de madre ante semejante perdedor. Es un tipo de héroe que puede funcionar en oriente porque está calcado de los estereotipos de cualquier película de karate de serie B. A mi me molesta por la imitación burda que hace del rebelde occidental y porque quizá en nuestro cine conectamos con el perdedor pero nunca con el payaso. Para hacer payasadas, aquí el héroe siempre tiene al amigo.

Más extraño que la comida y las señales de tráfico resultan las relaciones familiares. El protagonista pierde a su hija a manos de la bestia y los dos hermanos lo corren a gorrazos. Uno no sabe si el espectador autóctono percibe la escena como cómica o dramática, pero siente una imperiosa necesidad de que pase a otro tema. El monstruo no devora a la niña, la guarda en su despensa. El padre sabe que está viva, pero no es el más ansioso por rescatarla, los tres hermanos unen sus habilidades igual que tres pokemon. De nuevo elecciones fraternales que no haría un creador occidental.

Los coreanos recuerdan su pasado dictatorial igual que los españoles, añoran las barricadas. Uno de los hermanos prepara cócteles molotov mientras el taxista le recuerda que ya tienen democracia. El mal de la bestia encierra acusaciones políticas de trazo grueso. El engendro es culpa del ejército que manipula productos químicos en una base americana. El cirujano que quiere demostrar que el monstruo porta un virus contra toda evidencia es americano estrávico.

El padre se lanza a la busca de su hija cuando oye su voz en el móvil, lo cual arranca un punto de emoción. Pero un funcionario policial se niega a tomarlo en serio y lo detiene por chalado, lo cual queda a medio camino entre la crónica kafkiana y el sainete. Nunca sé cuando un coreano está de coña y cuando va en serio.

La bestia es una imagen infográfica aceptable. El ordenador que usaron no era de última generación, o bien le faltaban algunos megas de RAM, pero es lo de menos. Al principio persigue a la gente como una atracción de feria. Empezamos a tomarlo en serio cuando se come a sus víctimas. La niña, encerrada en un recoveco de la guarida tiene la opción de sentarse a esperar o arriesgarse a buscar una manera de salir. Cuando la niña se juega el tipo por salir empieza el espectáculo. Es lo poco que queda del sello del director de “Memories of murder”. Eso y un par de escenas intimistas que no pegan en la trama. Puede que le haga mucha ilusión colarnoslas, pero no debería hacerlo. O bien se busca otro argumento para ellas, o bien se reprime un poco.
publicado por Jose Contreras el 5 marzo, 2007

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