Todd Field mantiene su terreno intacto, pero muy estimable, y poniendo en escena al menos tres grandes cuestiones, relacionándolas entre si e implicando en ellas a sus personajes.

★★★☆☆ Buena

Juegos secretos

Tres (se les supone) respetables madres y amas de casa en un parque observan a lo lejos y, si se hace necesario, con un prismático, al objeto sexual de sus deseos, un fornido y atractivo padre que acude al lugar con su hijo. A pesar que su presencia las turba y excita, nunca cruzarán la barrera del decoro para ni siquiera entablar cuatro palabras con él.

Otro personaje, un expolicia frustado por un error del pasado (Gregg Edelman), también observa a un exconvicto con antecedentes de pedofilia (Jackie Earle Haley). Pero lo hace con otra intención; con la autoimpuesta misión de hacerle notar que es vigilado, e incluso verter pintadas lapidarias en su jardín o amenazarle personalmente si lo cree oportuno. Él sí que se siente (socialmente) legimitizado para cruzar la barrera con ese extraño aunque sea para violar su espacio personal.
Entre un extremo y otro, lo que se nos es permitido y lo que no; lo que somos y lo que desearíamos ser y tener, se mueve la segunda película de Todd Field. Un retrato tan frío como contundente del día a día de una típica urbanización estadounidense, los seres que la habitan, sus anomalías, deseos y frustaciones.

Y lo hace tomándole un pulso que oscila entre el Sam Mendes de “American beauty” y el mejor Todd Solondz, deteniéndose en lo más bizarro de las conductas de sus criaturas. Salpicando además su relato con un humor tan estóico como cortante, por inesperado, que se asemeja al de Wes Anderson.

Madame Bovary le guiña a Spielberg.

Entre tanta referencia, Todd Field mantiene su terreno intacto: el de las miradas, silencios, vacios o complicidades encontradas; también el de seres respetables que se atreverán, obligados o no, a cruzar la linea de lo inapropiado o directamente de lo punible moral o judicialmente.

Y lo hace realizando un film no perfecto: alargado en su metraje, con un narrador en off innecesario, a veces conduciendo su propuesta a medio gas. Pero muy estimable, y poniendo en escena al menos tres grandes cuestiones, relacionándolas entre si e implicando en ellas a sus personajes.

La primera es: la búsqueda de la felicidad supone un acto de rebeldía, de subversión, contra las normas establecidas, y puede también causar dolor a las personas queridas o cercanas. Así es para Sarah Pierce (Kate Winslet), una madre y ama de casa que, como una Madame Bovary moderna, descubre los placeres del adulterio para llenar el hueco de un matrimonio y un marido con el que ya sólo comparte techo e hija.

Lo es para el desorientado Brad Adamson (Patrick Wilson), atrapado en un estado de niñez permanente, incapaz de dedicar su tiempo a trabajar en algo que tampoco le apetece, y relegado a la sombra de su bella esposa (Jennifer Connelly), la que lleva los pantalones, y el dinero, en casa.
Y lo es también para Ronald (Jackie Earle Haley), otro adulto en una mente ya no tan infantil y sí enfermiza, mimado por su comprensiva madre (excelente Phyllis Somerville), que vive en la propia cárcel de su irrefrenable desviación sexual, la pedofilia, y retenido por los barrotes de una comunidad que se siente amenazada por la presencia de este depredador de niños. Lo que incluye una secuencia con un agudísimo guiño al “Tiburón” de Spielberg.

Sublevaciones cotidianas.

Segunda cuestión: ¿nuestros defectos, vicios y limitaciones nos permiten ser la persona que realmente desearíamos? ¿Hasta que punto somo culpables de no haber logrado lo que creemos que nos merecemos? Así sufren sus personajes, incluídos ese expolicia o el pederasta.
Las experiencias, las circunstancias, el destino, los otros influyen, pero también me viene a la mente la fábula del escorpión y la rana, donde la naturaleza de cada uno resulta determinante aunque ello signifique hundirnos en nuestras miserias.

Por ejemplo, un personaje secundario, Sheila, interpretado por Jane Adams (que parece recién salida del “Happiness” de Todd Solondz), deambula brevemente por un par de escenas. Y lo hace coincidiendo con la cita a ciegas, mediante un anuncio de prensa, con el pederasta Ronald. Después que éste la invite amablemente, y dentro de la acogedora luminosidad de un restaurante, a “compartir algo dulce”, pasamos al exterior de noche y un coche. Allí , Sheila sentirá no la “dulzura” de un postre, sinó el inevitable y amargo “aguijón” de su efímera pareja.
La felicidad tal vez se haye mientras estamos instalados en esa comodidad, despojada de responsabilidades, que nos ofrece la infancia, momento en el que donde todo parece que es posible. Con lo que nos conduce hasta el tercer tema: el de la niñez, la capacidad no siempre lograda de madurar, y el inexorable paso del tiempo.

“Juegos secretos” se abre con unas imágenes de figuras de porcelana que recuerdan la infancia, lo antiguo y lo que nos aferra al pasado; y con planos detalles de relojes con sus sonidos y agujas marcando ese transcruso de segundos, minutos, años…. Más adelante, habrá un (vano) acto para destruir estos objetos, tan ornamentales como simbólicos. También habrá algun intento de sublevación más, pero al final (casi) todo seguirá igual.
publicado por Carles el 18 febrero, 2007

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